San Juan Diego...Hombre de Dios.
Desde el siglo XVI, existen documentos en donde se sabe de la vida y fama de santidad de Juan Diego, uno de los más importantes fue, sin lugar a dudas, las llamadas Informaciones Jurídicas de 1666, importante Proceso Canónico, aprobado después por la Santa Sede y constituido como Proceso Apostólico, cuando se pidió la aprobación para celebrar la Fiesta de la Virgen de Guadalupe los días 12 de Diciembre. Estas Informaciones están constituidas por testimonios de ancianos vecinos de Cuauhtitlán (alguno de ellos de más de cien años de edad); quienes testificaron y confirmaron la vida ejemplar de Juan Diego.
Gracias a muchas personas que lo conocieron, sabemos cómo era el joven modélico. Uno de estos testigos, Marcos Pacheco, sintetizó la personalidad y la fama de santidad de Juan Diego: "Era un indio que vivía honesta y recogidamente y que era muy buen cristiano y temeroso de Dios y de su conciencia, de muy buenas costumbres y modo de proceder"; en tanta manera que, en muchas ocasiones, le decía a este testigo su Tía: "Dios os haga como Juan Diego y su Tío", porque los tenía por muy buenos indios y muy buenos cristianos"; otro testimonio es el de Andrés Juan quien decía que Juan Diego era un "Varón Santo"; en estos conceptos concuerdan, unánimes, los otros testigos en estas Informaciones Jurídicas, como por ejemplo: Gabriel Xuárez, doña Juana de la Concepción, don Pablo Xuárez, don Martín de San Luis, don Juan Xuárez, Catarina Mónica, etc.
Juan Diego, efectivamente, era para el pueblo "un indio bueno y cristiano", o un "varón santo"; ya sólo estos títulos bastarían para entender la fortaleza de su fama; pues los indios eran muy exigentes para atribuir a alguno de ellos el apelativo de "buen indio" y mucho menos atribuir que era tan "bueno" que llegaba a considerarse ya "santo" como para pedirle a Dios que a sus propios hijos o familiares los hiciera igual de buenos y santos como a Juan Diego.
Ardor por la santidad.
San Juan Diego era muy reservado y de un místico carácter, le gustaba el silencio y realizaba frecuentes penitencias, solía caminar desde su poblado hasta Tenochtitlán, a 20 kilómetros de distancia, para recibir instrucción religiosa. Tras la muerte de su esposa María Lucía en 1529, Juan Diego se fue a vivir con su tío Juan Bernardino en Tolpetlac, a sólo 14 kilómetros de la iglesia de Tlatilolco, Tenochtitlán.
El caminaba cada sábado y domingo a la iglesia, partiendo a la mañana muy temprano, antes que amaneciera, para llegar a tiempo a la Santa Misa y a las clases de instrucción religiosa. Caminaba descalzo, como la gente de su clase macehualli, ya que sólo los miembros de las clases superiores de los aztecas usaban cactlis, o sandalias, confeccionadas con fibras vegetales o de pieles. En esas frías madrugadas usaba para protegerse del frío una manta, tilma o ayate, tejida con fibras del maguey, el cactus típico de la región. El algodón era solo usado por los aztecas más privilegiados.
Milagroso encuentro.
El Sábado 9 de Diciembre de 1531, muy de mañana, durante una de sus caminatas camino a Tenochtitlán, -recorridos que solían tomar unas tres horas y media a través de montañas y poblados-, Juan Diego se dirigía a la Misa Sabatina de la Virgen María y al catecismo, a la "doctrina" en Tlatelolco, atendida por los franciscanos del primer convento que entonces se había erigido en la Ciudad de México.
Cuando el humilde indio llegó a las faldas del cerro llamado Tepeyac, -en donde actualmente se le conoce como "Capilla del Cerrito"-, de repente escuchó cantos preciosos, armoniosos y dulces que venían de lo alto del cerro, le pareció que eran coros de distintas aves que se respondían unos a otros en un concierto de extraordinaria belleza, observó una nube blanca y resplandeciente, y que se alcanzaba a distinguir un maravilloso arco iris de diversos colores.
Juan Diego quedó absorto y fuera de sí por el asombro y "se dijo ¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá nomás lo estoy soñando? ¿Quizá solamente lo veo como entre sueños? ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra celestial? Hacia allá estaba viendo, arriba del cerrillo, del lado de donde sale el sol, de donde procedía el precioso canto celestial."
Estando en este arrobamiento, de pronto, cesó el canto, y oyó que una voz como de mujer, dulce y delicada, le llamaba, de arriba del cerrillo, le decía por su nombre, de manera muy cariñosa: "Juanito, Juan Dieguito". Sin ninguna turbación, el indio decidió ir a donde lo llamaban, alegre y contento comenzó a subir el cerrillo y cuando llegó a la cumbre se encontró con una bellísima Doncella que allí lo aguardaba de pie y lo llamó para que se acercara.
Cuando llegó frente a Ella se dio cuenta, con gran asombro, de la hermosura de su rostro, su perfecta belleza, "su vestido relucía como el sol, como que reverberaba, y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos; el resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más bello) parecía: la tierra como que relumbraba con los resplandores del arco iris en la niebla. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allá se suelen dar, parecían como esmeraldas.
Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro". Todo manifestaba la presencia divina.
Ante Ella, Juan Diego se postró, y escuchó la voz de la dulce y afable Señora del Cielo, en idioma Mexicano, "le dijo: 'Escucha, hijo mío el menor, Juanito. ¿A dónde te diriges? ' Y él le contestó: 'Mi Señora, Reina, Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor, nuestros Sacerdotes'".
Fiel hijo de María.
Así se inició el diálogo filial que Juan Diego tuvo con Nuestra Señora de Guadalupe. A partir de entonces y hasta su muerte, el santo indígena se encargó de anunciar el milagroso encuentro, viviendo y sirviendo en la ermita recién construida, según la voluntad de Nuestra Señora de Guadalupe, a los pies del cerro del Tepeyac, y en donde fue colocada la sagrada Imagen, que fuera la prueba contundente para Mons. Juan de Jumárraga, Obispo de México en aquel entonces, creyera en aquel relato por el que infinidad de veces Juan Diego lo visitaba. Según cuenta la historia, el santo mexicano, insistía "por orden de un muchacho" que se le reveló como "la siempre virgen santa María".
El prudente obispo Zumárraga, se manifestó escéptico al relato del visitante. Pero el 12 de diciembre de 1531 había que creer o reventar. El indio se apareció nuevamente en el despacho de su Excelencia con su poncho repleto de rosas. Ya ahí la cosa cambió. Rosas milagrosas en pleno invierno que sellaron para la eternidad la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
Oración a San Juan Diego.
Tú que fuiste elegido por Nuestra Señora de Guadalupe como instrumento para mostrar a tu gente y al mundo que el camino del cristiano es uno de amor, compasión, comprensión, valores, sacrificios, arrepentimiento de nuestros pecados, aprecio y respeto por la creación de Dios, y por encima de todo, uno de humildad y obediencia. Tú, quien ahora sabemos que estás en el Reino de nuestro Señor y cerca de nuestra Madre, sé nuestro ángel y protégenos, quédate con nosotros mientras luchamos en esta vida moderna sin saber, la mayor parte del tiempo, donde fijar nuestras prioridades. Ayúdanos a orar a Dios, por medio del Corazón de nuestra Señora de Guadalupe hacia el Corazón de Jesús, para obtener los dones del Espíritu Santo y usarlos para el bien de la humanidad y el bien de nuestra Iglesia.
Amén
aciprensa.com
martes, 10 de diciembre de 2019
jueves, 25 de julio de 2019
¿Tú familia necesita curación?
¿Tú familia necesita curación?
Pruebe éstas poderosas oraciones por la paz, la sanación y la armonía.
La temporada de vacaciones es un gran recordatorio para muchos de nosotros de que la promesa de paz del Príncipe de Paz, Jesucristo, aún no se ha cumplido en muchas de nuestras familias.
La Sagrada Familia tenía circunstancias más allá de su control, a saber, el intento de asesinato del Niño Jesús, que podrían haber interrumpido su paz como unidad familiar.
Si bien no siempre podemos controlar las fuerzas externas que trabajan contra nosotros, podemos orar por el perdón, la reconciliación y la curación de las heridas físicas, emocionales y espirituales que nos mantienen cautivos y distantes el uno del otro.
La fiesta de la Sagrada Familia es un excelente día para rezar por la paz en su familia. Y si pueden orar juntos en familia, las oraciones curativas serán más rápidas y efectivas. (Mateo 18:20)
Letanía de curación para las familias.
Padre celestial, te doy gracias, honor, gloria y alabanza por mi familia. Le pido, en nombre de su hijo Jesús, que nos bendiga y proteja a cada uno de nosotros y que nos ayude a estar atentos a su plan para nuestras vidas.
También le pido que conserve nuestra salud y nos sane individual y colectivamente como una unidad familiar: espiritual, emocional y físicamente para su mayor gloria.
Elimine todos los obstáculos (cualquier falta de perdón, votos internos negativos que hayamos hecho, espíritus impíos opresivos) que impiden un espíritu armonioso y un comportamiento cooperativo dentro de nuestra familia.
¡Creo en ti, Señor! ¡Ayuda mi incredulidad! ¡Que se haga tu voluntad!
De todos los hábitos de pecado que impiden una relación cercana contigo,
sana a mi familia, oh Jesús.
Desde cualquier cosa que impida una vida impulsada por el Espíritu,
sana a mi familia, oh Jesús .
De cualquier cosa que impida la aceptación del amor incondicional del Padre-Dios que tiene por nosotros como hijos e hijas adoptados,
Sana a mi familia, oh Jesús.
Desde cualquier cosa que impida la paz, la alegría, la bondad y la unidad que solo Tú puedes proporcionar,
sana a mi familia, oh Jesús.
Desde cualquier cosa que impida tener la fe de la semilla de mostaza que puede mover montañas,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todas las formas de egoísmo y orgullo,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todos los defectos espirituales heredados,
sana a mi familia, oh Jesús.
De la apatía espiritual,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todas las formas de adicción,
sana a mi familia, oh Jesús.
De los efectos de los recuerdos dolorosos,
sana a mi familia, oh Jesús.
De la esclavitud causada por votos internos negativos,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todos los efectos de las relaciones rotas debido a la falta de perdón, el adulterio, el divorcio y / o las diversas formas de abuso,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todos los apegos malsanos,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todas las emociones, actitudes y comportamientos impíos (por ejemplo, mezquindad, manipulación, argumentación, celos, etc.)
Sana a mi familia, oh Jesús.
De todos los defectos emocionales y psicológicos heredados,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todas las enfermedades emocionales y psicológicas,
sana a mi familia, oh Jesús .
De todos los defectos físicos heredados,
sana a mi familia, oh Jesús.
De todas las aflicciones y enfermedades físicas,
sana a mi familia, oh Jesús.
Señor, aumenta la virtud de la fe en mi familia.
Señor, aumenta la virtud de la esperanza en mi familia.
Señor, aumenta la virtud de la caridad en mi familia.
Ayúdanos, Señor, a interiorizar las palabras de Josué: “En cuanto a mí y a mi familia, serviremos al Señor” ( Josué 24:15).
Lleva la sanación un paso más y medita en Josué 6: 1-27.
Tal vez usted será el Joshua de su familia, intercediendo y orquestando las paredes que su familia construye una alrededor de la otra para derrumbarse.
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Más oraciones curativas.
Una oración por la curación.
Señor Jesús, viniste a sanar nuestros corazones heridos y turbados. Te ruego que sanes los tormentos que causan ansiedad en mi corazón; Te ruego de una manera particular, que sanes todo lo que es la causa del pecado.
Te ruego que vengas a mi vida y me cures de los daños psicológicos que sufrí en mis primeros años y de las lesiones que causaron a lo largo de mi vida.
Señor Jesús, tú conoces mis cargas.
Los pongo a todos en el Corazón de tu Buen Pastor. Les suplico, por los méritos de la gran herida abierta en su corazón, que curen las pequeñas heridas que están en la mía.
Sano el dolor de mis recuerdos, para que nada de lo que me ha pasado me haga sentir dolor y angustia, lleno de ansiedad.
Cura, oh Señor, todas esas heridas que han sido la causa de todo el mal que está enraizado en mi vida. Quiero perdonar a todos los que me han ofendido. Señor, mira esas llagas internas que me impiden perdonar.
Tú que viniste a perdonar a los afligidos de corazón, por favor cura mi propio corazón.
Cura, mi Señor Jesús, esas heridas íntimas que me causan enfermedades físicas. Te ofrezco mi corazón. Acéptalo, Señor, purifícalo y dame los sentimientos de tu Divino Corazón. Ayúdame a ser manso y humilde.
Cúrame, Señor, del dolor causado por la muerte de mis seres queridos, que me está oprimiendo. ¡Concédeme recuperar la paz y la alegría sabiendo que tú eres la Resurrección y la Vida!
Hazme un testigo auténtico de tu resurrección, tu victoria sobre el pecado y la muerte, y tu presencia viva entre nosotros. Amén.
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Oración a Nuestra Señora Deshace de Nudos.
Oh Virgen María, Madre fiel que nunca se niega a acudir en ayuda de tus hijos;
Madre cuyas manos nunca dejan de ayudar porque se sienten conmovidas por la bondad amorosa que existe en tu Corazón Inmaculado, me miras con compasión y ves el nudo de nudos que existen en mi vida.
Conoces todos los dolores y penas causados por estos nudos enredados. María, mi Madre, te encomiendo a tus manos amorosas toda la cinta de mi vida.
En tus manos no hay nudo que no pueda deshacerse. Santísima Madre, ora para que la asistencia divina venga en mi ayuda.
Tome este nudo (mencione la necesidad) en sus manos maternas este día;
Te ruego que lo deshagas para la gloria de Dios , de
una vez por todas,
en el nombre de tu Divino Hijo,
Jesucristo.
Amén.
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Sagrada Familia, danos tu paz.
Oración de la paz de san francisco.
Señor, hazme un instrumento de tu paz:
donde hay odio, déjame sembrar amor;
Donde haya dolor, perdón;
Donde hay duda, fe;
Donde hay desesperación, esperanza;
Donde hay tinieblas, luz;
Dónde hay tristeza, alegría.
Oh, divino Maestro,
concédeme que no busque tanto ser consolado como consolar,
ser entendido como entender,
ser amado, como amar.
Porque es al dar lo que recibimos,
es al perdonar que somos perdonados,
y al morir nacemos a la vida eterna.
Amén.
San Francisco de Asís, ruega por nosotros!
Jesús, María y José, ¡ruega por nosotros!
churchpop.com
viernes, 19 de julio de 2019
DEVOCIÓN, A LA SANTA CRUZ DE JERUSALÉN
Oración, Santa Cruz de Jerusalén.
* Santa Cruz de Jerusalén *
Ésta oración fue encontrada sobre la sepultura de Jesucristo en 1509 y enviada por el Papa al emperador Carlos cuando partió con sus ejércitos a combatir a sus enemigos y este la envió a San Felix en Francia. El que lea esta oración, la oiga leer o la lleve consigo, no se quemará ni se ahogará, ni podrá ser envenenado con ningún veneno, caer en manos de sus enemigos o ser vencido en las batallas. Si una mujer se halla encinta y lee, oye leer o lleva consigo esta oración, saldrá pronto de su cuidado, será siempre tierna madre, y colocando la misma oración a la derecha de su criatura, cuando haya nacido, la preservará de 82 accidentes.
El que lleve esta oración consigo nunca sufrirá de epilepsia, y cuando se vea que una persona cae atacada por este mal, bastará colocar esta oración a su derecha para que se levante como si nada hubiera pasado. El Señor ha dicho que se bendecirá al que escriba esta oración para sí o para otros. El que se burle de ella o la desprecie recibirá el castigo del cielo. La casa que tenga esta oración se verá exenta de los peligros del rayo y del trueno, y el que la diga diariamente recibirá tres días antes de su muerte el aviso del cielo.
---------
¡Oh, Santa Cruz!, madero hermoso en donde murió mi Señor, para darme eterna luz y librarme del contrario, ante ti me humillo y reverente imploro a mi Señor Jesucristo que por los padecimientos que sobre ti recibió en su santísima Pasión, me conceda los bienes espirituales y corporales que me convengan. Elevada ante el mundo eres faro luminoso que congregas a tu alrededor a la cristiana grey para entonar cantos de gloria al Cristo Rey, al Dios Hombre, que siendo dueño de todo lo creado, permitió ser crucificado sobre ti para la redención del género humano. Sobre ti se operó el asombroso misterio de la redención del mundo; desde entonces, libre el cristiano del pecado original, puede llamarse hijo de Dios Eterno y aspirar a la gloria celestial ¡Bendita seas! Por los siglos de los siglos fuiste entre los paganos signo de baldón y afrenta; y hoy eres emblema del cristiano y esperanza para ser perdonado por el sublime sacrificio de mi Señor Jesucristo, a quién esperamos servir y honrar por toda la eternidad. Amén.
Santa Cruz donde mi Jesús expiro para darnos luz, yo te doy mi reverencia, ¡oh, preciosa y Santa Cruz! El camino que nos marques en el mundo seguiremos, que a la Cruz siempre abrazados con su signo venceremos. A tus plantas hoy me encuentro, mi Divino Redentor. ¡Ay!, que con santa paciencia cargue en el mundo mi cruz. La Santa Cruz baje y extienda, y de todo mal y peligro la Santa Cruz nos defienda. ¡Oh, Dios omnipotente!, que sufriste en la cruz la muerte para redimirnos de nuestros pecados. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi verdadera luz. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, ten piedad de mi. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi esperanza. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí toda arma cortante. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, derrama en mi alma el bien. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí todo mal. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, hazme entrar en el camino de la salvación. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí todo temor a la muerte. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, preservarme de todos los accidentes temporales y corporales para que pueda adorarte siempre, así como a Jesús Nazareno, a quien imploro para que tenga piedad de mí. Haz que el espíritu maligno visible o invisible huya de mí por todos los siglos de los siglos. Amén.
Haz que el espíritu maligno huya de mí por todos los siglos de los siglos, en honor de la preciosa sangre de Jesucristo y de su penosa muerte; en honor de su resurrección y de su encarnación divina, por medio de la cual puede conducirnos a la vida eterna. Que así como es cierto que Jesucristo nació en Navidad, que ha sido crucificado el Viernes Santo, que José, y Nicodemo bajaron a Jesucristo de la Cruz, y que subió al cielo, que así se digne liberarme de los ataques de mis enemigos, visibles e invisibles, desde hoy y por los siglos de los siglos. Amén.
Dios Todopoderoso, en tus manos entrego mi alma, Jesús, María, José, Ana y Joaquín. Jesús mío, por la amargura que sufriste por mí en la Santa Cruz, principalmente cuando tu alma sagrada se separó de tu cuerpo, ten piedad de mi alma cuando se separe de este mundo. ¡Oh, Jesús!, concédeme el valor de soportar mi cruz a imitación tuya. Enséñame a llevar con paciencia todos mis sufrimientos y que mi temor a ellos se convierta en virtud. Que la omnipotencia del Padre se digne cubrirme con la sabiduría del Espíritu Santo. Dígnate recibirme y conducir mi alma a la vida eterna. Amén. Amén. Amén.
(Con Licencia Eclesiástica).
* Santa Cruz de Jerusalén *
Ésta oración fue encontrada sobre la sepultura de Jesucristo en 1509 y enviada por el Papa al emperador Carlos cuando partió con sus ejércitos a combatir a sus enemigos y este la envió a San Felix en Francia. El que lea esta oración, la oiga leer o la lleve consigo, no se quemará ni se ahogará, ni podrá ser envenenado con ningún veneno, caer en manos de sus enemigos o ser vencido en las batallas. Si una mujer se halla encinta y lee, oye leer o lleva consigo esta oración, saldrá pronto de su cuidado, será siempre tierna madre, y colocando la misma oración a la derecha de su criatura, cuando haya nacido, la preservará de 82 accidentes.
El que lleve esta oración consigo nunca sufrirá de epilepsia, y cuando se vea que una persona cae atacada por este mal, bastará colocar esta oración a su derecha para que se levante como si nada hubiera pasado. El Señor ha dicho que se bendecirá al que escriba esta oración para sí o para otros. El que se burle de ella o la desprecie recibirá el castigo del cielo. La casa que tenga esta oración se verá exenta de los peligros del rayo y del trueno, y el que la diga diariamente recibirá tres días antes de su muerte el aviso del cielo.
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¡Oh, Santa Cruz!, madero hermoso en donde murió mi Señor, para darme eterna luz y librarme del contrario, ante ti me humillo y reverente imploro a mi Señor Jesucristo que por los padecimientos que sobre ti recibió en su santísima Pasión, me conceda los bienes espirituales y corporales que me convengan. Elevada ante el mundo eres faro luminoso que congregas a tu alrededor a la cristiana grey para entonar cantos de gloria al Cristo Rey, al Dios Hombre, que siendo dueño de todo lo creado, permitió ser crucificado sobre ti para la redención del género humano. Sobre ti se operó el asombroso misterio de la redención del mundo; desde entonces, libre el cristiano del pecado original, puede llamarse hijo de Dios Eterno y aspirar a la gloria celestial ¡Bendita seas! Por los siglos de los siglos fuiste entre los paganos signo de baldón y afrenta; y hoy eres emblema del cristiano y esperanza para ser perdonado por el sublime sacrificio de mi Señor Jesucristo, a quién esperamos servir y honrar por toda la eternidad. Amén.
Santa Cruz donde mi Jesús expiro para darnos luz, yo te doy mi reverencia, ¡oh, preciosa y Santa Cruz! El camino que nos marques en el mundo seguiremos, que a la Cruz siempre abrazados con su signo venceremos. A tus plantas hoy me encuentro, mi Divino Redentor. ¡Ay!, que con santa paciencia cargue en el mundo mi cruz. La Santa Cruz baje y extienda, y de todo mal y peligro la Santa Cruz nos defienda. ¡Oh, Dios omnipotente!, que sufriste en la cruz la muerte para redimirnos de nuestros pecados. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi verdadera luz. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, ten piedad de mi. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, sé mi esperanza. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí toda arma cortante. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, derrama en mi alma el bien. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí todo mal. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, hazme entrar en el camino de la salvación. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, aleja de mí todo temor a la muerte. ¡Oh, Santa Cruz de Jesucristo!, preservarme de todos los accidentes temporales y corporales para que pueda adorarte siempre, así como a Jesús Nazareno, a quien imploro para que tenga piedad de mí. Haz que el espíritu maligno visible o invisible huya de mí por todos los siglos de los siglos. Amén.
Haz que el espíritu maligno huya de mí por todos los siglos de los siglos, en honor de la preciosa sangre de Jesucristo y de su penosa muerte; en honor de su resurrección y de su encarnación divina, por medio de la cual puede conducirnos a la vida eterna. Que así como es cierto que Jesucristo nació en Navidad, que ha sido crucificado el Viernes Santo, que José, y Nicodemo bajaron a Jesucristo de la Cruz, y que subió al cielo, que así se digne liberarme de los ataques de mis enemigos, visibles e invisibles, desde hoy y por los siglos de los siglos. Amén.
Dios Todopoderoso, en tus manos entrego mi alma, Jesús, María, José, Ana y Joaquín. Jesús mío, por la amargura que sufriste por mí en la Santa Cruz, principalmente cuando tu alma sagrada se separó de tu cuerpo, ten piedad de mi alma cuando se separe de este mundo. ¡Oh, Jesús!, concédeme el valor de soportar mi cruz a imitación tuya. Enséñame a llevar con paciencia todos mis sufrimientos y que mi temor a ellos se convierta en virtud. Que la omnipotencia del Padre se digne cubrirme con la sabiduría del Espíritu Santo. Dígnate recibirme y conducir mi alma a la vida eterna. Amén. Amén. Amén.
(Con Licencia Eclesiástica).
jueves, 20 de junio de 2019
LA EUCARISTÍA EN LOS PRIMEROS CRISTIANOS.
LA EUCARISTÍA EN LOS PRIMEROS CRISTIANOS.
Desde el principio, la Eucaristía ha tenido un papel central en la vida de los cristianos. Maravilla ver la fe y el cariño con el que tratan a Jesús en el Pan eucarístico.
Tienen una fe inquebrantable en que el pan y el vino se convierten, por las palabras de la consagración, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo
En varios textos de los siglos I y II, vemos cómo va evolucionando y construyéndose la liturgia de la Iglesia. Emociona comprobar cómo seguimos celebrando la misma Misa que se celebraba en el siglo I: lo podemos ver en la descripción del Santo Sacrificio que San Justino, en el año 155, hace al emperador Antonino Pío; o en la “Traditio Apostólica” de San Hipólito de comienzos del siglo III.
Los textos que exponemos a continuación son una prueba de que ya desde los primeros tiempos del cristianismo (siglo I), en la Iglesia primitiva existía una fe muy clara en la presencia de Jesucristo en el Pan y en el Vino“eucaristizados”.
El testimonio de los Padres de la Iglesia.
1. San Ignacio de Antioquía (110 d.C.)
En lo referente a la Eucaristía San Ignacio se presenta siempre muy claro y tajante. Llama a la Eucaristía “medicina de inmortalidad” y categóricamente expresa: “La Eucaristía es la carne e nuestro Salvador Jesucristo”.
Condena vigorosamente a los docetas que afirmaban que Jesús no había tenido cuerpo verdadero sino solo aparente, y por este error, comenta San Ignacio, no querían tomar parte de la eucaristía y morían espiritualmente por apartarse del don de Dios.
“Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su sangre, un solo altar, como un solo obispo junto con el presbítero y con los diáconos consiervos míos; a fin de que cuanto hagáis, todo hagáis según Dios”
2. La Didaché o doctrina de los doce apóstoles (60-160 d.C)
La Didaché es muy tajante al afirmar que no todos pueden participar en la Eucaristía, ya que no se puede “dar lo santo a los perros”. Antes de participar exigue confesar los pecados para que el sacrificio sea puro.
Es un testimonio claro también de que la Iglesia primitiva ya reconocía en la Eucaristía el sacrificio sin mancha y perfecto presentado al Padre en Malaquías 1,11: “Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot”.
3. San Justino (165 d.C)
Mártir de la fe cristiana hacia el año 165 (decapitado), es considerado el mayor apologeta del Siglo II. San Justino mantiene el testimonio unánime de la Iglesia al confesar que la Eucaristía no es un alimento como tantos, sino que es “carne y sangre de aquel Jesús hecho carne”.
San Justino con toda claridad excluye la permanencia del pan junto con la carne del Señor rechazando la consubstanciación mantenida por los luteranos.
Lo confirma el empleo que inventa San Justino para la palabra “dar gracias”: hasta él había tenido sentido intransitivo; él la usa en pasiva: “alimento eucaristizado”, que al pie de la letra traduciríamos: “alimento hecho acción de gracias”.
Esta pasiva tan dura inventada por San Justino, unida al cambio de construcc ión que acabamos de señalar, acentúa la nota de un cambio obrado en el alimento ordinario en virtud del cual el pan es ahora carne de Cristo.
4. San Ireneo (130d.C – 202 d.C)
En la teología presentada por San Ireneo la certeza de que el pan y vino consagrados son cuerpo y sangre de Cristo es diáfana, y explícitamente afirma que “el cáliz es su propia Sangre” (la de Cristo) y “el pan ya no es pan ordinario sino Eucaristía constituida por dos elementos terreno y celestial”.
5. San Hipólito (mártir en el 235 d.C.)
Se desconoce el lugar y fecha de su nacimiento, aunque se sabe fue discípulo de San Ireneo de Lyon. San Hipólito es tajante en afirmar que se evite con diligencia que el infiel coma de la Eucaristía, ya que “es el cuerpo de Cristo del cual todos los fieles se alimentan y no debe ser despreciado”.
6. Orígenes (185d.C – 254 d.C)
Con respecto a la Eucaristía los escritos de Orígenes van en la misma línea que el resto de los padres. Afirma que “así como el maná era alimento en enigma, ahora claramente la carne del Verbo de Dios es verdadero alimento, como Él mismo dice:Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.
En todos estos casos, Orígenes se refiere al “verdadero alimento” no como pan, sino como “la carne del Verbo de Dios”.
Afirma también que recibir el cuerpo indignamente ocasiona ruina para sí mismos y se refiere a la celebración eucarística como “la mesa del cuerpo de Cristo y del cáliz mismo de su sangre”.
7. Firmiliano, Obispo de Cesarea (268 d.C)
Por lo demás, cuán gran delito es el de quienes son admitidos o el de quienes admiten a tocar el cuerpo y sangre del Señor, no habiendo lavado sus manchas por el bautismo de la Iglesia ni habiendo depuesto sus pecados, habiendo usurpado temerariamente la comunión, siendo así que está escrito: Quien quiera que comiera el pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.”
8. San Atanasio, Obispo de Alejandría (295-373 d.C)
“Verás a los ministros que llevan pan y una copa de vino, y lo ponen sobre la mesa; y mientras no se han hecho las invocaciones y súplicas, no hay más que puro pan y bebida. Pero cuando se han acabado aquellas extraordinarias y maravillosas oraciones, entonces el pan se convierte en el Cuerpo y el cáliz en la Sangre de nuestro Señor Jesucristo… Consideremos el momento culminante de estos misterios: este pan y este cáliz, mientras no se han hecho las oraciones y súplicas, son puro pan y bebida; pero así que se han proferido aquellas extraordinarias plegarias y aquellas santas súplicas, el mismo Verbo baja hasta el pan y el cáliz, que se convierten en su cuerpo”. (SAN ATANASIO, Sermón a los bautizados, 25)
9. San Cirilo de Jerusalén (313-387 d.C)
“Sabiendo que Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se atreverá a poner en duda esta verdad? E igualmente dijo después, esta es mi sangre, ¿quién puede dudar o decir que nolo es? En otro tiempo había convertido el agua en vino en Caná de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo a comer su cuerpo y beber su sangre?” (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mistagógica, 4, 7).
Son especialmente expresivas las palabras de San Cirilo, obispo de Jerusalén a partir del 348, que para manifestar nuestra unión tan plena con Cristo en la Eucaristía dice que nos hacemos una misma cosa con Él…
“Para que cuando tomes el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas “concorpóreo” y “consanguíneo” suyo (un mismo cuerpo y sangre con Él); y así, al distribuirse en nuestros miembros su Cuerpo y su Sangre, nos convertimos en portadores de Cristo (Cristóforos). De está manera -según la expresión de San Pedro- también nos hacemos partícipes de la naturaleza divina”. (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mistagógica, 4, 3).
“Adoctrinados y llenos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo”. (SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis sobre los misterios>, 22, 1).
Este es un pequeño resumen de lo que la Iglesia enseñó durante los primeros cuatro siglos,en el que se ve cómo los primeros cristianos -desde el principio- tenían una fe firme en la presencia de Cristo en la Eucarístía.
Bibliografía
Gabriel Larrauri (Orar con los Primeros Cristianos, Planeta Testimonio 2011)
José Miguel Arráiz (apologeticacatolica.org)
Textos Eucaristicos Primitivos, Tomos I por Jesús Solano, B.A.C.
Padres apostólicos, por Daniel Ruiz Bueno, B.A.C. Padres apologetas griegos, Daniel Ruiz Bueno, B.A.C.
Fuente: Primeros Cristianos
Desde el principio, la Eucaristía ha tenido un papel central en la vida de los cristianos. Maravilla ver la fe y el cariño con el que tratan a Jesús en el Pan eucarístico.
Tienen una fe inquebrantable en que el pan y el vino se convierten, por las palabras de la consagración, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo
En varios textos de los siglos I y II, vemos cómo va evolucionando y construyéndose la liturgia de la Iglesia. Emociona comprobar cómo seguimos celebrando la misma Misa que se celebraba en el siglo I: lo podemos ver en la descripción del Santo Sacrificio que San Justino, en el año 155, hace al emperador Antonino Pío; o en la “Traditio Apostólica” de San Hipólito de comienzos del siglo III.
Los textos que exponemos a continuación son una prueba de que ya desde los primeros tiempos del cristianismo (siglo I), en la Iglesia primitiva existía una fe muy clara en la presencia de Jesucristo en el Pan y en el Vino“eucaristizados”.
El testimonio de los Padres de la Iglesia.
1. San Ignacio de Antioquía (110 d.C.)
En lo referente a la Eucaristía San Ignacio se presenta siempre muy claro y tajante. Llama a la Eucaristía “medicina de inmortalidad” y categóricamente expresa: “La Eucaristía es la carne e nuestro Salvador Jesucristo”.
Condena vigorosamente a los docetas que afirmaban que Jesús no había tenido cuerpo verdadero sino solo aparente, y por este error, comenta San Ignacio, no querían tomar parte de la eucaristía y morían espiritualmente por apartarse del don de Dios.
“Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su sangre, un solo altar, como un solo obispo junto con el presbítero y con los diáconos consiervos míos; a fin de que cuanto hagáis, todo hagáis según Dios”
2. La Didaché o doctrina de los doce apóstoles (60-160 d.C)
La Didaché es muy tajante al afirmar que no todos pueden participar en la Eucaristía, ya que no se puede “dar lo santo a los perros”. Antes de participar exigue confesar los pecados para que el sacrificio sea puro.
Es un testimonio claro también de que la Iglesia primitiva ya reconocía en la Eucaristía el sacrificio sin mancha y perfecto presentado al Padre en Malaquías 1,11: “Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot”.
3. San Justino (165 d.C)
Mártir de la fe cristiana hacia el año 165 (decapitado), es considerado el mayor apologeta del Siglo II. San Justino mantiene el testimonio unánime de la Iglesia al confesar que la Eucaristía no es un alimento como tantos, sino que es “carne y sangre de aquel Jesús hecho carne”.
San Justino con toda claridad excluye la permanencia del pan junto con la carne del Señor rechazando la consubstanciación mantenida por los luteranos.
Lo confirma el empleo que inventa San Justino para la palabra “dar gracias”: hasta él había tenido sentido intransitivo; él la usa en pasiva: “alimento eucaristizado”, que al pie de la letra traduciríamos: “alimento hecho acción de gracias”.
Esta pasiva tan dura inventada por San Justino, unida al cambio de construcc ión que acabamos de señalar, acentúa la nota de un cambio obrado en el alimento ordinario en virtud del cual el pan es ahora carne de Cristo.
4. San Ireneo (130d.C – 202 d.C)
En la teología presentada por San Ireneo la certeza de que el pan y vino consagrados son cuerpo y sangre de Cristo es diáfana, y explícitamente afirma que “el cáliz es su propia Sangre” (la de Cristo) y “el pan ya no es pan ordinario sino Eucaristía constituida por dos elementos terreno y celestial”.
5. San Hipólito (mártir en el 235 d.C.)
Se desconoce el lugar y fecha de su nacimiento, aunque se sabe fue discípulo de San Ireneo de Lyon. San Hipólito es tajante en afirmar que se evite con diligencia que el infiel coma de la Eucaristía, ya que “es el cuerpo de Cristo del cual todos los fieles se alimentan y no debe ser despreciado”.
6. Orígenes (185d.C – 254 d.C)
Con respecto a la Eucaristía los escritos de Orígenes van en la misma línea que el resto de los padres. Afirma que “así como el maná era alimento en enigma, ahora claramente la carne del Verbo de Dios es verdadero alimento, como Él mismo dice:Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.
En todos estos casos, Orígenes se refiere al “verdadero alimento” no como pan, sino como “la carne del Verbo de Dios”.
Afirma también que recibir el cuerpo indignamente ocasiona ruina para sí mismos y se refiere a la celebración eucarística como “la mesa del cuerpo de Cristo y del cáliz mismo de su sangre”.
7. Firmiliano, Obispo de Cesarea (268 d.C)
Por lo demás, cuán gran delito es el de quienes son admitidos o el de quienes admiten a tocar el cuerpo y sangre del Señor, no habiendo lavado sus manchas por el bautismo de la Iglesia ni habiendo depuesto sus pecados, habiendo usurpado temerariamente la comunión, siendo así que está escrito: Quien quiera que comiera el pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.”
8. San Atanasio, Obispo de Alejandría (295-373 d.C)
“Verás a los ministros que llevan pan y una copa de vino, y lo ponen sobre la mesa; y mientras no se han hecho las invocaciones y súplicas, no hay más que puro pan y bebida. Pero cuando se han acabado aquellas extraordinarias y maravillosas oraciones, entonces el pan se convierte en el Cuerpo y el cáliz en la Sangre de nuestro Señor Jesucristo… Consideremos el momento culminante de estos misterios: este pan y este cáliz, mientras no se han hecho las oraciones y súplicas, son puro pan y bebida; pero así que se han proferido aquellas extraordinarias plegarias y aquellas santas súplicas, el mismo Verbo baja hasta el pan y el cáliz, que se convierten en su cuerpo”. (SAN ATANASIO, Sermón a los bautizados, 25)
9. San Cirilo de Jerusalén (313-387 d.C)
“Sabiendo que Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se atreverá a poner en duda esta verdad? E igualmente dijo después, esta es mi sangre, ¿quién puede dudar o decir que nolo es? En otro tiempo había convertido el agua en vino en Caná de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo a comer su cuerpo y beber su sangre?” (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mistagógica, 4, 7).
Son especialmente expresivas las palabras de San Cirilo, obispo de Jerusalén a partir del 348, que para manifestar nuestra unión tan plena con Cristo en la Eucaristía dice que nos hacemos una misma cosa con Él…
“Para que cuando tomes el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas “concorpóreo” y “consanguíneo” suyo (un mismo cuerpo y sangre con Él); y así, al distribuirse en nuestros miembros su Cuerpo y su Sangre, nos convertimos en portadores de Cristo (Cristóforos). De está manera -según la expresión de San Pedro- también nos hacemos partícipes de la naturaleza divina”. (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mistagógica, 4, 3).
“Adoctrinados y llenos de esta fe certísima, debemos creer que aquello que parece pan no es pan, aunque su sabor sea de pan, sino el cuerpo de Cristo; y que lo que parece vino no es vino, aunque así le parezca a nuestro paladar, sino la sangre de Cristo”. (SAN CIRILO DE JERUSALEN, Catequesis sobre los misterios>, 22, 1).
Este es un pequeño resumen de lo que la Iglesia enseñó durante los primeros cuatro siglos,en el que se ve cómo los primeros cristianos -desde el principio- tenían una fe firme en la presencia de Cristo en la Eucarístía.
Bibliografía
Gabriel Larrauri (Orar con los Primeros Cristianos, Planeta Testimonio 2011)
José Miguel Arráiz (apologeticacatolica.org)
Textos Eucaristicos Primitivos, Tomos I por Jesús Solano, B.A.C.
Padres apostólicos, por Daniel Ruiz Bueno, B.A.C. Padres apologetas griegos, Daniel Ruiz Bueno, B.A.C.
Fuente: Primeros Cristianos
lunes, 27 de mayo de 2019
CONSEJOS DE SAN AGUSTÍN A LA JUVENTUD.
Consejos de San Agustín a la juventud
--Si te dedicas al estudio debes mantenerte limpio de cuerpo y de espíritu; alimentarte de comida sana, vestirte con sencillez y no consumir superfluamente.
--A la sobriedad en las costumbres le debe corresponder la moderación en las actitudes, la tolerancia en el trato, la honradez en el comportamiento y la exigencia para contigo mismo.
--Ten siempre presente que la obsesión por el dinero es veneno que mata toda esperanza.
--No actúes con debilidad, ni tampoco con audacia.
--Aleja de ti toda ira, o trata de controlarla, cuando corrijas las faltas de los demás.
--Sé el centinela de ti mismo: vigila tus sentimientos y tus deseos para que no te traicionen.
--Reconoce tus defectos y procura corregirlos.
--No seas excesivo en el castigo, ni tacaño en el perdón.
--Sé tolerante con los que tienden a mejorar, y precavido con los que tienden a empeorar.
--Ten como a miembros de la familia a los que están bajo tu potestad.
--Sirve a todos de tal modo que te avergüence dominar, y domina de modo que te agrade servir.
--No insistas ni molestes a los que no quieran corregirse.
--Evita cuidadosamente las enemistades, sopórtalas alegremente, termínalas inmediatamente.
--En el trato y en la conversación con los demás, sigue siempre el viejo proverbio: ‘no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti’.
--No busques puestos de mando si no estás dispuesto a servir.
--Procura progresar siempre, no importa la edad y las circunstancias en las que te encuentres.
--Durante toda tu vida, en todo tiempo y lugar, ten amigos de verdad, o búscalos.
--Da honor a quien se lo merece, aunque él no lo desee.
--Aléjate de los soberbios; esfuérzate tú por no serlo.
--Vive con dignidad y en armonía con todo y con todos.
--Busca a Dios; que su conocimiento llene tu existencia, y su amor colme tu corazón.
--Desea la tranquilidad y el orden para desarrollar tu estudio y el de tus compañeros.
--Pide para ti y para todos, una mente sana, un espíritu sosegado y una vida llena de paz.
(Adaptación de ‘De Ordine’, II, 8, 25)
agustinosmadrid.com
--Si te dedicas al estudio debes mantenerte limpio de cuerpo y de espíritu; alimentarte de comida sana, vestirte con sencillez y no consumir superfluamente.
--A la sobriedad en las costumbres le debe corresponder la moderación en las actitudes, la tolerancia en el trato, la honradez en el comportamiento y la exigencia para contigo mismo.
--Ten siempre presente que la obsesión por el dinero es veneno que mata toda esperanza.
--No actúes con debilidad, ni tampoco con audacia.
--Aleja de ti toda ira, o trata de controlarla, cuando corrijas las faltas de los demás.
--Sé el centinela de ti mismo: vigila tus sentimientos y tus deseos para que no te traicionen.
--Reconoce tus defectos y procura corregirlos.
--No seas excesivo en el castigo, ni tacaño en el perdón.
--Sé tolerante con los que tienden a mejorar, y precavido con los que tienden a empeorar.
--Ten como a miembros de la familia a los que están bajo tu potestad.
--Sirve a todos de tal modo que te avergüence dominar, y domina de modo que te agrade servir.
--No insistas ni molestes a los que no quieran corregirse.
--Evita cuidadosamente las enemistades, sopórtalas alegremente, termínalas inmediatamente.
--En el trato y en la conversación con los demás, sigue siempre el viejo proverbio: ‘no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti’.
--No busques puestos de mando si no estás dispuesto a servir.
--Procura progresar siempre, no importa la edad y las circunstancias en las que te encuentres.
--Durante toda tu vida, en todo tiempo y lugar, ten amigos de verdad, o búscalos.
--Da honor a quien se lo merece, aunque él no lo desee.
--Aléjate de los soberbios; esfuérzate tú por no serlo.
--Vive con dignidad y en armonía con todo y con todos.
--Busca a Dios; que su conocimiento llene tu existencia, y su amor colme tu corazón.
--Desea la tranquilidad y el orden para desarrollar tu estudio y el de tus compañeros.
--Pide para ti y para todos, una mente sana, un espíritu sosegado y una vida llena de paz.
(Adaptación de ‘De Ordine’, II, 8, 25)
agustinosmadrid.com
jueves, 14 de marzo de 2019
El orgullo, fuente de todos los vicios y causa de todos los males. Sermón sobre el Orgullo de San Juan Bautista María Vianney.
El orgullo, fuente de todos los vicios y causa de todos los males.
Sermón sobre el Orgullo de San Juan Bautista María Vianney.
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Tal es el lenguaje ordinario de la falsa virtud y el de los orgullosos, quienes, siempre satisfechos de sí mismos, estén en todo momento dispuestos a criticar y censurar el comportamiento de los demás. Tal es también la manera de hablar de los ricos, que miran a los pobres como si fuesen de una naturaleza distinta de la suya, y los tratan conforme a esta manera de pensar. En una palabra, esta es la manera de hablar de casi todo el mundo. Son contados, hasta entre la gente de la más baja condición, los que no estén manchados con este maldito pecado, que no formen siempre buena opinión de sí mismos, que no se coloquen en todo momento por encima de sus iguales, y no lleven su detestable orgullo hasta afirmarse en la creencia de que son ellos mejores que muchos otros. De todo lo cual deduzco yo, que el orgullo es la fuente de todos los vicios y la causa de todos los males que acontecen y acontecerán hasta la consumación de los siglos.
Llevamos hasta tal punto nuestra ceguera, que muchas veces nos gloriamos de aquello que debería llenarnos de confusión. Unos se muestran orgullosos porque creen tener mucho talento; otros, porque poseen algunos palmos de tierra o algún dinero; más todos éstos lo que debieran hacer es temblar ante la terrible cuenta que Dios les pedirá algún día. Cuántos hay que necesitan hacer esta oración que San Agustín dirigía a Dios Nuestro Señor: «Dios mío, haced que conozca lo que soy, y nada más necesito para llenarme de confusión y desprecio».
Voy, pues, ahora amostraros:
1ro. Hasta qué punto el orgullo nos ciega y nos hace odiosos a los ojos de Dios y de los hombres;
2do. De cuántas maneras lo cometemos; y
3ro. Lo que debemos practicar para corregirnos.
1. Para daros una idea de la gravedad de ese maldito pecado, sería preciso que Dios me permitiese ir a arrancar a Lucifer del fondo de los abismos, y arrastrarle aquí, hasta este lugar que ocupo, para que el mismos pintase los horrores de ese crimen, mostrándoos los bienes que le ha arrebatado, es decir el cielo, y los males que le ha causado, que nosotros que las penas del infierno.
Y lo más terrible de ese pecado es que, cuanto más domina al hombre, menos culpable se cree éste del mismo.
¡Ay! ¡Por un pecado que tal vez durará un solo momento, un castigo que durará toda una eternidad! Y lo más terrible de ese pecado es que, cuanto más domina al hombre, menos culpable se cree éste del mismo. En efecto, jamás el orgulloso querrá convencerse de que lo es, ni jamás reconocerá que no anda bien: todo cuanto hace y todo cuanto desea, está bien hecho y bien dicho.
¿Queréis haceros cargo de la gravedad de ese pecado? Mirad lo que ha hecho Dios para expiarlo. ¿Por qué causa quiso nacer de padres pobres, vivir en la oscuridad, aparecer en el mundo no ya en medio de gente de mediana condición, sino como una persona de la más ínfima categoría? Pues porque veía que ese pecado había de tal manera ultrajado a su Padre, que solamente Él podía expiarlo rebajándose al estado más humillante y más despreciable, cual es el de la pobreza; pues no hay como no poseer nada para ser despreciado de unos y rechazados de otros.
Mirad cuan grandes sean los males que ese pecado ocasionó. Sin él, no habría infierno. Sin dicho pecado, Adán estaría aún en el paraíso terrenal, y nosotros todos, felices, sin enfermedades ni miseria alguna de esas que a cada momento nos agobian; no habría muerte; no estaríamos sujetos aquel juicio que hace temblar a los santos; Ningún temor deberíamos tener de una eternidad desgraciada; el cielo nos estaría asegurado. Felices en este mundo, y aún más felices en el otro, pasaríamos nuestra vida bendiciendo la grandeza y la bondad de nuestro Dios, y después subiríamos en cuerpo y alma a continuar tan dichosa ocupación en el cielo. ¿Qué digo?, sin ese maldito pecado, ¡Jesús no habría muerto! ¡Cuántos tormentos se habrían evitado a nuestro divino Salvador! …
Pero, me diréis, ¿por qué ese pecado ha causado peores daños que nosotros? ¿Por qué? Oíd la razón. Si Lucifer y los demás Ángeles malos no hubiesen caído en el pecado de orgullo, no existirían demonios, y, por consiguiente, nadie habría tentado a nuestros primeros padres, y así ellos hubieran tenido la suerte de perseverar. No ignoro que todos los pecados ofenden a Dios, que todos los pecados mortales merecen eterno castigo; el avaro, que sólo piensa en atesorar riquezas, dispuesto a sacrificar la salud, la fama y hasta la misma vida para acumular dinero, con la esperanza de proveer a su porvenir, ofende sin duda a la providencia de Dios, el cual nos tiene prometido que, si nos ocupamos en servirle y amarle, Él cuidará de nosotros. El que se entrega a los excesos de la bebida hasta perder la razón, y se rebaja a un nivel inferior al de los brutos, ultraja también gravemente a Dios, que le dio los bienes para usar rectamente de ellos consagrando sus energías y su vida a servirle.
El impúdico, al revolcarse en el fango de sus pasiones, se coloca en un nivel inferior a las más inmundas bestias
El vengativo que se venga de las injurias recibidas, desprecia cruelmente a Jesucristo, que, hace ya tantos meses o quizás tantos años, le soporta sobre la tierra, y aún más, le provee de cuanto necesita, cuando sólo merecería ser precipitado a las llamas del infierno. El impúdico, al revolcarse en el fango de sus pasiones, se coloca en un nivel inferior a las más inmundas bestias, pierde su alma y da muerte a su Dios; convierte el templo del Espíritu Santo en templo de demonios, hace de los miembros de Cristo, miembros de una infame prostitución; de hermano del Hijo de Dios, se convierte, no ya en hermano de los demonios, sino en esclavo de Satán.
Todo esto son crímenes respecto A los cuales faltan palabras que expresen los horrores y la magnitud de los tormentos que merecen. Pues bien, yo os digo que todos estos pecados distan tanto del orgullo, en cuanto al ultraje que infieren a Dios como el cielo dista de la tierra: nada más fácil de comprender. Al cometer los demás pecados, o bien quebrantamos los preceptos de Dios, o bien despreciamos sus beneficios; o, si queréis, convertimos en inútiles los trabajos, los sufrimientos y la muerte de Jesús.
Oíd lo que nos dice el Espíritu Santo hablando del orgullo: «Será aborrecido de Dios y de los hombres, pues el Señor detesta al orgulloso y al soberbio». El mismo Jesucristo nos dice «que daba gracias a su Padre por haber ocultado sus secretos a los orgullosos» (Mt 11, 25). En efecto, si recorremos la Sagrada Escritura, veremos que los males con que Dios aflige a los orgullosos son tan horribles y frecuentes que parece agotar su furor y su poder en castigarlos, así cómo podemos observar también el especial placer con que Dios se complace en humillar a los soberbios a medida que ellos procuran elevarse. Acontece igualmente muchas veces ver al orgulloso caído en algún vergonzoso vicio que le llena de deshonra a los ojos del mundo.
Mirad a Herodes, el que hizo dar muerte a Santiago y encarceló a San Pablo. Era tan orgulloso, que un día, vestido con su indumentaria real y sentado en su trono, habló con tanta elocuencia al pueblo, que hubo quién llegó a decir: «No, éste que habla no es un hombre, sino un dios». AL instante, un Ángel le hirió con una tan horrible enfermedad, que los gusanos se cebaban en su cuerpo vivo, y murió como un miserable. Quiso ser tenido por dios, y fue comido por los viles insectos.
no solamente el orgulloso es aborrecible a los ojos de Dios, sino que también resulta insoportable a los hombres.
En todos partes y en todos tiempos hallamos ejemplos de cómo Dios se complace en confundir a los soberbios. Y no solamente el orgulloso es aborrecible a los ojos de Dios, sino que también resulta insoportable a los hombres. ¿Por qué causa?, me preguntaréis. – Pues porque no puede avenirse con nadie: unas veces quiere elevarse por encima de sus iguales, otras quieren igualarse con los que están sobre él, de manera que nunca puede estar en paz con nadie. Así es que los orgullosos están siempre en controversia con alguien, por lo cual todo el mundo los odia, huye de ellos y los desprecia. No hay pecado que produzca un cambio tan radical en el que lo comete cómo el orgullo; por él, un Ángel, la criatura más hermosa, se convirtió en el más horrible demonio, y entre los hombres, a un hijo de Dios lo convierte en esclavo de Satán.
2. Muy horrible es ese pecado, me diréis; preciso es que quién lo comete no conozca ni los bienes que pierde, ni los males que atrae sobre sí, ni, finalmente, los ultrajes que infiere a Dios y a su alma. Mas ¿de qué modo podremos saber que hemos caído en él? – ¿Cómo, amigo mío? Helo Aquí. Podemos muy bien decir que este pecado se halla en todas partes, acompaña al hombre en todo cuanto dice o hace: viene a ser como una especie de condimento que en todas partes entra. Escuchadme un momento y lo vais a ver.
Jesucristo nos presenta un ejemplo en el Evangelio, al hablarnos de aquel fariseo que fue al templo a hacer su oración, permaneciendo de pie ante todo el mundo y diciendo en alta voz:
«Os doy gracias, Señor, porque no soy cómo los demás lleno de pecados; empleo mi vida haciendo el bien y procurando agradaros». Aquí tenéis el verdadero carácter del orgulloso: en vez de dar gracias a Dios por haberse dignado servirse de él para el bien, mira a todo aquello como si procediese de sí propio y no de Dios. Entremos a examinar esto con más detención y veremos cómo casi nadie escapa a las redes del orgullo. Así los viejos como los jóvenes, así los pobres como los ricos, todos se alaban y glorían de lo que son y de lo que hicieron, o mejor, de lo que no son y de lo que no hicieron. Todos se aplauden y gustan de ser aplaudidos; todos corren de una parte a otra mendigando las alabanzas de los hombres, y cada uno trabaja por atraerse a los demás a su partido. Así pasa la vida la mayor parte de la gente. La puerta por la, cual el orgullo entra más copiosamente son las riquezas. En cuanto una persona aumenta sus bienes, la veréis va mudar de vida; hace lo que decía Jesucristo de los fariseos: «Esas gentes gustan de que les llamen maestros, de que todo el mundo las salude; siempre aspiran a los primeros puestos; se presentan ricamente vestida» (Mt 23); abandonan ya su primitivo aire de sencillez; si los saludáis, ni se dignaran quitarse el sombrero, apenas si inclinarán un poco la cabeza; andan con la cabeza erguida, ponen especial cuidado en escoger las más bellas palabras, cuya significación muchas veces ignoran, pero se complacen en repetirlas. Aquí hallaréis a un hombre que os llenará la cabeza dándoos cuenta de las herencias que le han tocado para hacer ostentación de la importancia de su fortuna. Toda su preocupación está en que le alaben y le tengan en mucho. ¿Se ha visto coronada por el éxito alguna empresa suya?, pues le falta tiempo para darlo a conocer, afín de hacer ostentación de su saber. ¿Ha dicho algo digno de aplauso?, no cesa ya de repetirlo a cuántos le quieren escuchar, hasta fastidiarlos y dar pie a que se burlen de su fatuidad. ¿Ha realizado, por ventura, algún viaje? preparaos, pues, a oír cien veces sus narraciones, hinchadas y exageradas, hablando de lo que vio y de lo que no vio con tanta desaprensión que llega a inspirar lástima a los que le escuchan.
Ved a un artesano contemplando la obra de otro; hallará en ella mil defectos y dirá: ¿qué le vamos a hacer? ¡Su capacidad no da más de sí! Pero, como el orgulloso no rebaja nunca a los demás sin elevarse a sí mismo, entonces, a renglón seguido, os hablará de tal o cual obra por él realizada, diciéndoos que ha llamado la atención de los inteligentes, que se ha hablado mucho de ella… El orgulloso, al toparse con varias personas reunidas, generalmente cree que hablan de él ya en bien ya en mal.
¿Se trata de una joven agraciada, o que tal cree ser? La veréis andar común aire de afectación, con una vanidad cual de princesa. ¿Está bien provista de vestidos y adornos? Pues con el mayor disimulo dejará muchas veces su ropero abierto para que se enteren de ello los que frecuentan su casa.
Este maldito pecado del orgullo se desliza hasta entre los que ejercen las más bajas funciones.
Así un trabajador de tierras, un podador, por ejemplo, si le ocurre practicar su oficio en lugares donde acude mucha gente, veréis que pone en su obra todos sus cinco sentidos, «a fin, dirá él, de que los que pasen por aquí no puedan decir que no sé mi obligación». Este pecado se mezcla también con el crimen o con la virtud: ¡cuántos son los que se glorían de haber hecho el mal! Escuchad la conversación de algunos bebedores: «¡Ah!, dirá uno, el otro día me topé con fulano; apostamos a quién bebería más sin embriagarse; y le gane.» Es también orgullo, desear riquezas que no se tienen o envidiar las de los demás, por ser los ricos respetados en el mundo.
He dicho que el orgullo se mete hasta en nuestras buenas obras. Son muchos los que no darían limosna ni favorecerían al prójimo si no fuese porque, mediante ello, son tenidos por personas caritativas y de buenos sentimientos. Si ocurre tener que dar limosna delante de los demás, dan mayor cantidad que cuando están a solas. Si desean hacer público el bien que han practicado o los servicios que a los demás han prestado, comenzarán hablando de esta manera «Fulano es muy desgraciado, apenas puede vivir; tal día vino a manifestarme su miseria y le di tal cosa».
El orgulloso nunca quiere ser reprendido, en todo le asiste el derecho; todo cuanto dice está bien dicho; todo cuanto hace está bien hecho. En cambio, le veréis constantemente preocuparse de la conducta de los demás todo lo encuentra defectuoso: nada está bien hecho ni bien dicho. Una acción realizada con las mejores intenciones del mundo, su lengua viperina la convierte en cosa mala.
¿Cuántos hay, también, que mienten o inventan par causa del orgullo? Si les ocurre narrar sus dichos o sus hechos, ponen mucho más de lo que hay en realidad. En cambio, otros mienten por temor de la humillación. En otras palabras: los viejos se vanaglorian de lo que no hicieron; si hemos de dar oídos a sus palabras, diremos que fueron los más valerosos conquistadores de la tierra; parece como si hubiesen recorrido el universo entero; y los jóvenes alábense de lo que no harán nunca; todos mendigan, todos corren detrás de una boqueada de humo, que ellos llaman honor. Tales el mundo de hoy; explorad vuestra conciencia, poned la mano sobre el corazón, y, forzosamente tendréis que reconocer la verdad de lo que os digo.
Pero lo más triste y lamentable es que este pecado sume al alma en tan espesas tinieblas, que nadie se cree culpable del mismo. Nos damos perfecta cuenta de las vanas alabanzas de los demás, conocemos muy bien cuando se atribuyen elogios que jamás merecieron; más nosotros creemos ser siempre merecedores de los que se nos tributan. Y yo os digo que quién busca la estimación de los hombres es ciego. –¿Porque, me diréis? — He aquí la razón, amigo mío. Ante todo, no diré que pierda todo el mérito de cuanto hace, que todas sus limosnas, sus oraciones y sus penitencias no sean más que motivo de condenación. El creerá haber hecho algo bueno, y todo estará estropeado por el orgullo.
Lejos de imitar al fariseo, que se situó en un lugar donde podía ser visto de todo el mundo y recibir sus alabanzas, el pobre publicano apenas se atreve a entrar en el templo
Si el fariseo, según habéis visto, es el verdadero retrato del orgulloso, el publicano es una imagen visible del corazón sinceramente penetrado de su pequeñez, de su nada, de su escaso mérito y de su gran confianza en Dios. Jesús nos lo presenta como un modelo cumplido, al cual podemos tomar seguramente por guía. El publicano, nos dice San Lucas, echa en olvido todo el bien que ha podido hacer durante su vida, para ocuparse solamente de su indignidad y de su miseria espiritual; no se atreve comparecer delante de un Dios tan santo. Lejos de imitar al fariseo, que se situó en un lugar donde podía ser visto de todo el mundo y recibir sus alabanzas, el pobre publicano apenas se atreve a entrar en el templo, corre a ocultarse en un rincón, se considera como si estuviese sólo ante su juez, la fase tierra, el corazón quebrantado de dolor y los ojos bañados en lágrimas; tanta es su confusión al considerar sus pecados y la santidad de Dios, delante del cual se considera tan indigno de comparecer, que ni se atreve a mirar el altar. Con el corazón lleno de amargura, exclama: «¡Dios mío, dignaos tener piedad de mí, pues soy un gran pecador! » (Lc 18, 13).
Hasta aquí hemos visto en qué consiste el orgullo, cuan horrible es este vicio, cuanto ofende a Dios y cuan duramente lo castiga el Señor. Vamos a ver ahora lo que sea su virtud contraria, a saber, la humildad.
3. «Si el orgullo es la fuente de toda clase de vicios» (Ec 10, 15.), podemos también afirmar que la humildad es la fuente y el fundamento de toda clase de virtudes (Prov 15, 33.) ; es la puerta por la cual pasan las gracias que Dios nos otorga ; ella es la que sazona todos nuestros actos, comunicándoles tanto valor, y haciendo que resulten tan agradables a Dios; finalmente, ella nos constituye dueños del corazón de Dios, hasta hacer del, por decirlo así, nuestro servidor; pues nunca ha podido Dios resistir a un corazón humilde (1 Peter., V, 5.).- Pero, me diréis, ¿en qué consiste esa humildad, que tantas gracias nos merece? -Helo Aquí, amigo mío. Escúchame: has podido conocer ya si realmente estabas dominado por el orgullo, y ahora vas a ver si tienes la dicha de poseer esta tan rara como hermosa virtud; si la posees en toda su integridad, tienes segura la gloria del cielo. La humildad, nos dice San Bernardo, es una virtud que nos hace conocer a nosotros mismos, y nos inclina a concebir un constante desprecio de cuanto procede de nuestra persona.
La humildad es una antorcha que presenta a la luz del día nuestras imperfecciones; no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultara hasta el presente. Y digo que esta virtud nos es absolutamente necesaria para ir al cielo; oíd, si no, lo que nos dice Jesucristo en el Evangelio: «Si no os volvéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos. En verdad os digo que, si no os convertís, sino apartáis esos sentimientos de orgullo y de ambición, tan naturales al hombre, nunca llegaréis al cielo (Mt 18, 3). «Sí, nos dice el Sabio, la humildad todo lo alcanza» (Os. Cl, 18.). ¿Queréis alcanzar el perdón de los pecados? Presentaos ante vuestro Dios en la persona de sus ministros, y allí, llenos de confusión, considerándoos indignos de obtener el perdón que imploráis, podéis tener la seguridad de alcanzar misericordia. ¿Sois tentados?
El mismo Jesucristo no pudo darnos más hermosa idea de sus méritos que manifestándonos que había querido tomar «la forma de esclavo»
Corred a humillaros, reconociendo que por vuestra parte no podéis hacer más que perderos: y tened por cierto que os veréis libres de la tentación. ¡Oh, hermosa virtud, cuan agradables son a Dios las almas que lo poseen! El mismo Jesucristo no pudo darnos más hermosa idea de sus méritos que manifestándonos que había querido tomar «la forma de esclavo» (Fp 11, 7) la más vil condición a que puede llegar un hombre. ¿Qué es lo que tan agradable hizo a la Santísima Virgen ante los ojos de Dios sino la humildad y el desprecio de sí mismo?
Leemos en la historia (Vida de los Padres del desierto, 1, p. 52.) que San Antonio tuvo una visión en la que Dios le presentó el mundo cubierto con una red cuyos cuatro extremos estaban sostenidos por demonios. «¡Ah!, exclamo el Santo, ¿Quién podrá escapar de esta red?» «Antonio, le dijo el Señor, basta tener humildad: es decir, si reconoces que de tu parte nada mereces, que de nada eres capaz con tus solas fuerzas, entonces saldrás triunfante». Un amigo de San Agustín le preguntó cuál era la virtud que debía practicar para ser más agradable a Dios. El Santo le contesta: «Te basta la sola humildad. En vano he trabajado en buscar la verdad; para conocer el camino que más seguramente lleve a Dios, nunca he sabido hallar otro».
Escuchad lo que nos cuenta la historia (Vida de los Padres del desierto, San Macario de Egipto, t. 11, p. 358.). San Macario, un día que regresaba a su morada con un haz de leña, halló al demonio empuñando un tridente de fuego, el cual le dijo: «Oh, Macario, cuanto sufro por no poderte maltratar;¿porque me haces sufrir tanto?, pues cuanto haces, lo práctico yo mejor que tú: si tú ayunas, yo no como nunca; si tú pasas las noches en vela, yo no duermo nunca; solamente me aventajas en una cosa, y con ella me tienes vencido». ¿Sabéis cuál era la cosa que tenía San Macario y el demonio no?¡Ah!, amados míos, la humildad. ¡Oh, hermosa virtud, cuan dichoso y cuan capaz de grandes cosas es el mortal que la posee!
En efecto, aunque tuvieseis todas las demás virtudes, si os faltase estañada tendríais. Abandonad toda vuestra fortuna a los pobres, llorad los pecados durante toda la vida, someteos a todas las penitencias que vuestro cuerpo pueda soportar, pasad los años de vuestra existencia en el retiro; si no tenéis humildad, habréis de condenaros. Por esto vemos que todos los santos pasaron su vida entera trabajando en adquirirla conservarla. Cuanto más les colmaba Dios de favores, más profundamente se humillaban. Mirad a San Pablo, arrebatado hasta el tercer cielo; se tiene por gran pecador, un perseguidor de la Iglesia de Cristo, un miserable bastardo, indigno del lugar que ocupa (1 Tim 1, 13).
Más, me diréis, ¿de qué manera podremos distinguir si un cristiano es humilde? -Nada más fácil, según ahora vais a ver. Ante todo, os digo que una persona verdaderamente humilde nunca habla de sí misma, ni en bien ni en mal; contentase con humillarse delante de Dios, que la conoce tal cual es. Sus ojos no atienden más que a su conducta propia, y gime siempre por reconocerse muy culpable; por otro lado, no deja de trabajar por hacer secada vez más digna de Dios. Nunca la veréis emitir su juicio sobre la conducta de los demás, nunca deja de formar buena opinión de todo el mundo. ¿Hay alguien a quien sepa despreciar? A nadie más que a sí misma. Siempre echa a buena parte lo que hacen sus hermanos, pues está muy persuadida de que sólo ella es capaz de obrar el mal. De aquí viene que, si habla de su prójimo, es para elogiarlo; si no puede decir de los demás cosa buena, se calla; cuando la desprecian, piensa que en ello hacen los demás lo que deben, pues, después de haber ella despreciado a su Dios, bien merece ser despreciada de los hombres; si le tributan elogios, se ruboriza y huye, lamentándose de ver que en el día del juicio final va a causar una gran decepción a los que la creían persona de bien, cuando en realidad está llena de pecados. Siente tanto horror de las alabanzas, cuanto los orgullosos aborrecen la humillación. Prefiere siempre para amigos a los que le dan a conocer sus defectos. Si se le ofrece la ocasión de favorecer a alguien, escogerá siempre como objeto de sus atenciones a quién le calumnió le causo algún perjuicio.
Los orgullosos buscan siempre la compañía de quienes los adulan y tienen en algo
Los orgullosos buscan siempre la compañía de quienes los adulan y tienen en algo; ella, por el contrario, se apartará de la lisonja para ir en busca de los que parecen tenerla en opinión desfavorable. Sus delicias consisten en hallarse sólo con su Dios, mostrarle sus miserias, y suplicarle que se apiade de ella. Ya esté sola, ya en compañía de otros, ningún cambio observaréis en sus oraciones, ni en su manera de obrar. Encaminando todas sus acciones solamente a agradar a Dios, nunca se preocupa de lo que podrán decir de ella los demás. Trabaja para agradar a Dios, mientras que al mundo lo coloca debajo de sus plantas.
Así piensan y obran los que poseen el preciado tesoro, de la humildad… Jesucristo parece no hacer distinción entre el sacramento del Bautismo, el de la Penitencia y la humildad. Nos dice que, sin el Bautismo, jamás entraremos en el reino de los cielos; sin el de la Penitencia, después de hacer pecado, no cabe esperar el perdón, y enseguida nos dice también que sin la humildad no entraremos en el cielo (Mt 18, 3.). Aunque estemos llenos de pecados, si somos humildes, tenemos la seguridad de alcanzar perdón; más sin la humildad, aunque llevemos realizadas cuántas buenas obras nos sean posibles, no alcanzaremos la salvación. Ved un ejemplo que os mostrara esto perfectamente.
Pues bien, ¿tenía razón al deciros que la humildad es la más hermosa, la más preciosa de todas las virtudes, que todo lo puede delante de Dios, que Dios no sabe denegar nada a sus instancias? Poseyéndola, tenemos también todas las demás; pero, si nos falta, nada valen todas las demás. Terminemos, pues, diciendo que conoceremos si un cristiano es bueno por el desprecio que haga de sí mismo y de sus obras, y por la buena opinión que en todo momento le merezcan los hechos o los dichos del prójimo. Si así nos portamos, tengamos por seguro que nuestro corazón gozara de felicidad en esta vida, y después alcanzaremos la gloria del cielo…
San Juan Bautista María Vianney (Cura de Ars.)
formacioncatolica.org
Sermón sobre el Orgullo de San Juan Bautista María Vianney.
***
Tal es el lenguaje ordinario de la falsa virtud y el de los orgullosos, quienes, siempre satisfechos de sí mismos, estén en todo momento dispuestos a criticar y censurar el comportamiento de los demás. Tal es también la manera de hablar de los ricos, que miran a los pobres como si fuesen de una naturaleza distinta de la suya, y los tratan conforme a esta manera de pensar. En una palabra, esta es la manera de hablar de casi todo el mundo. Son contados, hasta entre la gente de la más baja condición, los que no estén manchados con este maldito pecado, que no formen siempre buena opinión de sí mismos, que no se coloquen en todo momento por encima de sus iguales, y no lleven su detestable orgullo hasta afirmarse en la creencia de que son ellos mejores que muchos otros. De todo lo cual deduzco yo, que el orgullo es la fuente de todos los vicios y la causa de todos los males que acontecen y acontecerán hasta la consumación de los siglos.
Llevamos hasta tal punto nuestra ceguera, que muchas veces nos gloriamos de aquello que debería llenarnos de confusión. Unos se muestran orgullosos porque creen tener mucho talento; otros, porque poseen algunos palmos de tierra o algún dinero; más todos éstos lo que debieran hacer es temblar ante la terrible cuenta que Dios les pedirá algún día. Cuántos hay que necesitan hacer esta oración que San Agustín dirigía a Dios Nuestro Señor: «Dios mío, haced que conozca lo que soy, y nada más necesito para llenarme de confusión y desprecio».
Voy, pues, ahora amostraros:
1ro. Hasta qué punto el orgullo nos ciega y nos hace odiosos a los ojos de Dios y de los hombres;
2do. De cuántas maneras lo cometemos; y
3ro. Lo que debemos practicar para corregirnos.
1. Para daros una idea de la gravedad de ese maldito pecado, sería preciso que Dios me permitiese ir a arrancar a Lucifer del fondo de los abismos, y arrastrarle aquí, hasta este lugar que ocupo, para que el mismos pintase los horrores de ese crimen, mostrándoos los bienes que le ha arrebatado, es decir el cielo, y los males que le ha causado, que nosotros que las penas del infierno.
Y lo más terrible de ese pecado es que, cuanto más domina al hombre, menos culpable se cree éste del mismo.
¡Ay! ¡Por un pecado que tal vez durará un solo momento, un castigo que durará toda una eternidad! Y lo más terrible de ese pecado es que, cuanto más domina al hombre, menos culpable se cree éste del mismo. En efecto, jamás el orgulloso querrá convencerse de que lo es, ni jamás reconocerá que no anda bien: todo cuanto hace y todo cuanto desea, está bien hecho y bien dicho.
¿Queréis haceros cargo de la gravedad de ese pecado? Mirad lo que ha hecho Dios para expiarlo. ¿Por qué causa quiso nacer de padres pobres, vivir en la oscuridad, aparecer en el mundo no ya en medio de gente de mediana condición, sino como una persona de la más ínfima categoría? Pues porque veía que ese pecado había de tal manera ultrajado a su Padre, que solamente Él podía expiarlo rebajándose al estado más humillante y más despreciable, cual es el de la pobreza; pues no hay como no poseer nada para ser despreciado de unos y rechazados de otros.
Mirad cuan grandes sean los males que ese pecado ocasionó. Sin él, no habría infierno. Sin dicho pecado, Adán estaría aún en el paraíso terrenal, y nosotros todos, felices, sin enfermedades ni miseria alguna de esas que a cada momento nos agobian; no habría muerte; no estaríamos sujetos aquel juicio que hace temblar a los santos; Ningún temor deberíamos tener de una eternidad desgraciada; el cielo nos estaría asegurado. Felices en este mundo, y aún más felices en el otro, pasaríamos nuestra vida bendiciendo la grandeza y la bondad de nuestro Dios, y después subiríamos en cuerpo y alma a continuar tan dichosa ocupación en el cielo. ¿Qué digo?, sin ese maldito pecado, ¡Jesús no habría muerto! ¡Cuántos tormentos se habrían evitado a nuestro divino Salvador! …
Pero, me diréis, ¿por qué ese pecado ha causado peores daños que nosotros? ¿Por qué? Oíd la razón. Si Lucifer y los demás Ángeles malos no hubiesen caído en el pecado de orgullo, no existirían demonios, y, por consiguiente, nadie habría tentado a nuestros primeros padres, y así ellos hubieran tenido la suerte de perseverar. No ignoro que todos los pecados ofenden a Dios, que todos los pecados mortales merecen eterno castigo; el avaro, que sólo piensa en atesorar riquezas, dispuesto a sacrificar la salud, la fama y hasta la misma vida para acumular dinero, con la esperanza de proveer a su porvenir, ofende sin duda a la providencia de Dios, el cual nos tiene prometido que, si nos ocupamos en servirle y amarle, Él cuidará de nosotros. El que se entrega a los excesos de la bebida hasta perder la razón, y se rebaja a un nivel inferior al de los brutos, ultraja también gravemente a Dios, que le dio los bienes para usar rectamente de ellos consagrando sus energías y su vida a servirle.
El impúdico, al revolcarse en el fango de sus pasiones, se coloca en un nivel inferior a las más inmundas bestias
El vengativo que se venga de las injurias recibidas, desprecia cruelmente a Jesucristo, que, hace ya tantos meses o quizás tantos años, le soporta sobre la tierra, y aún más, le provee de cuanto necesita, cuando sólo merecería ser precipitado a las llamas del infierno. El impúdico, al revolcarse en el fango de sus pasiones, se coloca en un nivel inferior a las más inmundas bestias, pierde su alma y da muerte a su Dios; convierte el templo del Espíritu Santo en templo de demonios, hace de los miembros de Cristo, miembros de una infame prostitución; de hermano del Hijo de Dios, se convierte, no ya en hermano de los demonios, sino en esclavo de Satán.
Todo esto son crímenes respecto A los cuales faltan palabras que expresen los horrores y la magnitud de los tormentos que merecen. Pues bien, yo os digo que todos estos pecados distan tanto del orgullo, en cuanto al ultraje que infieren a Dios como el cielo dista de la tierra: nada más fácil de comprender. Al cometer los demás pecados, o bien quebrantamos los preceptos de Dios, o bien despreciamos sus beneficios; o, si queréis, convertimos en inútiles los trabajos, los sufrimientos y la muerte de Jesús.
Oíd lo que nos dice el Espíritu Santo hablando del orgullo: «Será aborrecido de Dios y de los hombres, pues el Señor detesta al orgulloso y al soberbio». El mismo Jesucristo nos dice «que daba gracias a su Padre por haber ocultado sus secretos a los orgullosos» (Mt 11, 25). En efecto, si recorremos la Sagrada Escritura, veremos que los males con que Dios aflige a los orgullosos son tan horribles y frecuentes que parece agotar su furor y su poder en castigarlos, así cómo podemos observar también el especial placer con que Dios se complace en humillar a los soberbios a medida que ellos procuran elevarse. Acontece igualmente muchas veces ver al orgulloso caído en algún vergonzoso vicio que le llena de deshonra a los ojos del mundo.
Mirad a Herodes, el que hizo dar muerte a Santiago y encarceló a San Pablo. Era tan orgulloso, que un día, vestido con su indumentaria real y sentado en su trono, habló con tanta elocuencia al pueblo, que hubo quién llegó a decir: «No, éste que habla no es un hombre, sino un dios». AL instante, un Ángel le hirió con una tan horrible enfermedad, que los gusanos se cebaban en su cuerpo vivo, y murió como un miserable. Quiso ser tenido por dios, y fue comido por los viles insectos.
no solamente el orgulloso es aborrecible a los ojos de Dios, sino que también resulta insoportable a los hombres.
En todos partes y en todos tiempos hallamos ejemplos de cómo Dios se complace en confundir a los soberbios. Y no solamente el orgulloso es aborrecible a los ojos de Dios, sino que también resulta insoportable a los hombres. ¿Por qué causa?, me preguntaréis. – Pues porque no puede avenirse con nadie: unas veces quiere elevarse por encima de sus iguales, otras quieren igualarse con los que están sobre él, de manera que nunca puede estar en paz con nadie. Así es que los orgullosos están siempre en controversia con alguien, por lo cual todo el mundo los odia, huye de ellos y los desprecia. No hay pecado que produzca un cambio tan radical en el que lo comete cómo el orgullo; por él, un Ángel, la criatura más hermosa, se convirtió en el más horrible demonio, y entre los hombres, a un hijo de Dios lo convierte en esclavo de Satán.
2. Muy horrible es ese pecado, me diréis; preciso es que quién lo comete no conozca ni los bienes que pierde, ni los males que atrae sobre sí, ni, finalmente, los ultrajes que infiere a Dios y a su alma. Mas ¿de qué modo podremos saber que hemos caído en él? – ¿Cómo, amigo mío? Helo Aquí. Podemos muy bien decir que este pecado se halla en todas partes, acompaña al hombre en todo cuanto dice o hace: viene a ser como una especie de condimento que en todas partes entra. Escuchadme un momento y lo vais a ver.
Jesucristo nos presenta un ejemplo en el Evangelio, al hablarnos de aquel fariseo que fue al templo a hacer su oración, permaneciendo de pie ante todo el mundo y diciendo en alta voz:
«Os doy gracias, Señor, porque no soy cómo los demás lleno de pecados; empleo mi vida haciendo el bien y procurando agradaros». Aquí tenéis el verdadero carácter del orgulloso: en vez de dar gracias a Dios por haberse dignado servirse de él para el bien, mira a todo aquello como si procediese de sí propio y no de Dios. Entremos a examinar esto con más detención y veremos cómo casi nadie escapa a las redes del orgullo. Así los viejos como los jóvenes, así los pobres como los ricos, todos se alaban y glorían de lo que son y de lo que hicieron, o mejor, de lo que no son y de lo que no hicieron. Todos se aplauden y gustan de ser aplaudidos; todos corren de una parte a otra mendigando las alabanzas de los hombres, y cada uno trabaja por atraerse a los demás a su partido. Así pasa la vida la mayor parte de la gente. La puerta por la, cual el orgullo entra más copiosamente son las riquezas. En cuanto una persona aumenta sus bienes, la veréis va mudar de vida; hace lo que decía Jesucristo de los fariseos: «Esas gentes gustan de que les llamen maestros, de que todo el mundo las salude; siempre aspiran a los primeros puestos; se presentan ricamente vestida» (Mt 23); abandonan ya su primitivo aire de sencillez; si los saludáis, ni se dignaran quitarse el sombrero, apenas si inclinarán un poco la cabeza; andan con la cabeza erguida, ponen especial cuidado en escoger las más bellas palabras, cuya significación muchas veces ignoran, pero se complacen en repetirlas. Aquí hallaréis a un hombre que os llenará la cabeza dándoos cuenta de las herencias que le han tocado para hacer ostentación de la importancia de su fortuna. Toda su preocupación está en que le alaben y le tengan en mucho. ¿Se ha visto coronada por el éxito alguna empresa suya?, pues le falta tiempo para darlo a conocer, afín de hacer ostentación de su saber. ¿Ha dicho algo digno de aplauso?, no cesa ya de repetirlo a cuántos le quieren escuchar, hasta fastidiarlos y dar pie a que se burlen de su fatuidad. ¿Ha realizado, por ventura, algún viaje? preparaos, pues, a oír cien veces sus narraciones, hinchadas y exageradas, hablando de lo que vio y de lo que no vio con tanta desaprensión que llega a inspirar lástima a los que le escuchan.
Ved a un artesano contemplando la obra de otro; hallará en ella mil defectos y dirá: ¿qué le vamos a hacer? ¡Su capacidad no da más de sí! Pero, como el orgulloso no rebaja nunca a los demás sin elevarse a sí mismo, entonces, a renglón seguido, os hablará de tal o cual obra por él realizada, diciéndoos que ha llamado la atención de los inteligentes, que se ha hablado mucho de ella… El orgulloso, al toparse con varias personas reunidas, generalmente cree que hablan de él ya en bien ya en mal.
¿Se trata de una joven agraciada, o que tal cree ser? La veréis andar común aire de afectación, con una vanidad cual de princesa. ¿Está bien provista de vestidos y adornos? Pues con el mayor disimulo dejará muchas veces su ropero abierto para que se enteren de ello los que frecuentan su casa.
Este maldito pecado del orgullo se desliza hasta entre los que ejercen las más bajas funciones.
Así un trabajador de tierras, un podador, por ejemplo, si le ocurre practicar su oficio en lugares donde acude mucha gente, veréis que pone en su obra todos sus cinco sentidos, «a fin, dirá él, de que los que pasen por aquí no puedan decir que no sé mi obligación». Este pecado se mezcla también con el crimen o con la virtud: ¡cuántos son los que se glorían de haber hecho el mal! Escuchad la conversación de algunos bebedores: «¡Ah!, dirá uno, el otro día me topé con fulano; apostamos a quién bebería más sin embriagarse; y le gane.» Es también orgullo, desear riquezas que no se tienen o envidiar las de los demás, por ser los ricos respetados en el mundo.
He dicho que el orgullo se mete hasta en nuestras buenas obras. Son muchos los que no darían limosna ni favorecerían al prójimo si no fuese porque, mediante ello, son tenidos por personas caritativas y de buenos sentimientos. Si ocurre tener que dar limosna delante de los demás, dan mayor cantidad que cuando están a solas. Si desean hacer público el bien que han practicado o los servicios que a los demás han prestado, comenzarán hablando de esta manera «Fulano es muy desgraciado, apenas puede vivir; tal día vino a manifestarme su miseria y le di tal cosa».
El orgulloso nunca quiere ser reprendido, en todo le asiste el derecho; todo cuanto dice está bien dicho; todo cuanto hace está bien hecho. En cambio, le veréis constantemente preocuparse de la conducta de los demás todo lo encuentra defectuoso: nada está bien hecho ni bien dicho. Una acción realizada con las mejores intenciones del mundo, su lengua viperina la convierte en cosa mala.
¿Cuántos hay, también, que mienten o inventan par causa del orgullo? Si les ocurre narrar sus dichos o sus hechos, ponen mucho más de lo que hay en realidad. En cambio, otros mienten por temor de la humillación. En otras palabras: los viejos se vanaglorian de lo que no hicieron; si hemos de dar oídos a sus palabras, diremos que fueron los más valerosos conquistadores de la tierra; parece como si hubiesen recorrido el universo entero; y los jóvenes alábense de lo que no harán nunca; todos mendigan, todos corren detrás de una boqueada de humo, que ellos llaman honor. Tales el mundo de hoy; explorad vuestra conciencia, poned la mano sobre el corazón, y, forzosamente tendréis que reconocer la verdad de lo que os digo.
Pero lo más triste y lamentable es que este pecado sume al alma en tan espesas tinieblas, que nadie se cree culpable del mismo. Nos damos perfecta cuenta de las vanas alabanzas de los demás, conocemos muy bien cuando se atribuyen elogios que jamás merecieron; más nosotros creemos ser siempre merecedores de los que se nos tributan. Y yo os digo que quién busca la estimación de los hombres es ciego. –¿Porque, me diréis? — He aquí la razón, amigo mío. Ante todo, no diré que pierda todo el mérito de cuanto hace, que todas sus limosnas, sus oraciones y sus penitencias no sean más que motivo de condenación. El creerá haber hecho algo bueno, y todo estará estropeado por el orgullo.
Lejos de imitar al fariseo, que se situó en un lugar donde podía ser visto de todo el mundo y recibir sus alabanzas, el pobre publicano apenas se atreve a entrar en el templo
Si el fariseo, según habéis visto, es el verdadero retrato del orgulloso, el publicano es una imagen visible del corazón sinceramente penetrado de su pequeñez, de su nada, de su escaso mérito y de su gran confianza en Dios. Jesús nos lo presenta como un modelo cumplido, al cual podemos tomar seguramente por guía. El publicano, nos dice San Lucas, echa en olvido todo el bien que ha podido hacer durante su vida, para ocuparse solamente de su indignidad y de su miseria espiritual; no se atreve comparecer delante de un Dios tan santo. Lejos de imitar al fariseo, que se situó en un lugar donde podía ser visto de todo el mundo y recibir sus alabanzas, el pobre publicano apenas se atreve a entrar en el templo, corre a ocultarse en un rincón, se considera como si estuviese sólo ante su juez, la fase tierra, el corazón quebrantado de dolor y los ojos bañados en lágrimas; tanta es su confusión al considerar sus pecados y la santidad de Dios, delante del cual se considera tan indigno de comparecer, que ni se atreve a mirar el altar. Con el corazón lleno de amargura, exclama: «¡Dios mío, dignaos tener piedad de mí, pues soy un gran pecador! » (Lc 18, 13).
Hasta aquí hemos visto en qué consiste el orgullo, cuan horrible es este vicio, cuanto ofende a Dios y cuan duramente lo castiga el Señor. Vamos a ver ahora lo que sea su virtud contraria, a saber, la humildad.
3. «Si el orgullo es la fuente de toda clase de vicios» (Ec 10, 15.), podemos también afirmar que la humildad es la fuente y el fundamento de toda clase de virtudes (Prov 15, 33.) ; es la puerta por la cual pasan las gracias que Dios nos otorga ; ella es la que sazona todos nuestros actos, comunicándoles tanto valor, y haciendo que resulten tan agradables a Dios; finalmente, ella nos constituye dueños del corazón de Dios, hasta hacer del, por decirlo así, nuestro servidor; pues nunca ha podido Dios resistir a un corazón humilde (1 Peter., V, 5.).- Pero, me diréis, ¿en qué consiste esa humildad, que tantas gracias nos merece? -Helo Aquí, amigo mío. Escúchame: has podido conocer ya si realmente estabas dominado por el orgullo, y ahora vas a ver si tienes la dicha de poseer esta tan rara como hermosa virtud; si la posees en toda su integridad, tienes segura la gloria del cielo. La humildad, nos dice San Bernardo, es una virtud que nos hace conocer a nosotros mismos, y nos inclina a concebir un constante desprecio de cuanto procede de nuestra persona.
La humildad es una antorcha que presenta a la luz del día nuestras imperfecciones; no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultara hasta el presente. Y digo que esta virtud nos es absolutamente necesaria para ir al cielo; oíd, si no, lo que nos dice Jesucristo en el Evangelio: «Si no os volvéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos. En verdad os digo que, si no os convertís, sino apartáis esos sentimientos de orgullo y de ambición, tan naturales al hombre, nunca llegaréis al cielo (Mt 18, 3). «Sí, nos dice el Sabio, la humildad todo lo alcanza» (Os. Cl, 18.). ¿Queréis alcanzar el perdón de los pecados? Presentaos ante vuestro Dios en la persona de sus ministros, y allí, llenos de confusión, considerándoos indignos de obtener el perdón que imploráis, podéis tener la seguridad de alcanzar misericordia. ¿Sois tentados?
El mismo Jesucristo no pudo darnos más hermosa idea de sus méritos que manifestándonos que había querido tomar «la forma de esclavo»
Corred a humillaros, reconociendo que por vuestra parte no podéis hacer más que perderos: y tened por cierto que os veréis libres de la tentación. ¡Oh, hermosa virtud, cuan agradables son a Dios las almas que lo poseen! El mismo Jesucristo no pudo darnos más hermosa idea de sus méritos que manifestándonos que había querido tomar «la forma de esclavo» (Fp 11, 7) la más vil condición a que puede llegar un hombre. ¿Qué es lo que tan agradable hizo a la Santísima Virgen ante los ojos de Dios sino la humildad y el desprecio de sí mismo?
Leemos en la historia (Vida de los Padres del desierto, 1, p. 52.) que San Antonio tuvo una visión en la que Dios le presentó el mundo cubierto con una red cuyos cuatro extremos estaban sostenidos por demonios. «¡Ah!, exclamo el Santo, ¿Quién podrá escapar de esta red?» «Antonio, le dijo el Señor, basta tener humildad: es decir, si reconoces que de tu parte nada mereces, que de nada eres capaz con tus solas fuerzas, entonces saldrás triunfante». Un amigo de San Agustín le preguntó cuál era la virtud que debía practicar para ser más agradable a Dios. El Santo le contesta: «Te basta la sola humildad. En vano he trabajado en buscar la verdad; para conocer el camino que más seguramente lleve a Dios, nunca he sabido hallar otro».
Escuchad lo que nos cuenta la historia (Vida de los Padres del desierto, San Macario de Egipto, t. 11, p. 358.). San Macario, un día que regresaba a su morada con un haz de leña, halló al demonio empuñando un tridente de fuego, el cual le dijo: «Oh, Macario, cuanto sufro por no poderte maltratar;¿porque me haces sufrir tanto?, pues cuanto haces, lo práctico yo mejor que tú: si tú ayunas, yo no como nunca; si tú pasas las noches en vela, yo no duermo nunca; solamente me aventajas en una cosa, y con ella me tienes vencido». ¿Sabéis cuál era la cosa que tenía San Macario y el demonio no?¡Ah!, amados míos, la humildad. ¡Oh, hermosa virtud, cuan dichoso y cuan capaz de grandes cosas es el mortal que la posee!
En efecto, aunque tuvieseis todas las demás virtudes, si os faltase estañada tendríais. Abandonad toda vuestra fortuna a los pobres, llorad los pecados durante toda la vida, someteos a todas las penitencias que vuestro cuerpo pueda soportar, pasad los años de vuestra existencia en el retiro; si no tenéis humildad, habréis de condenaros. Por esto vemos que todos los santos pasaron su vida entera trabajando en adquirirla conservarla. Cuanto más les colmaba Dios de favores, más profundamente se humillaban. Mirad a San Pablo, arrebatado hasta el tercer cielo; se tiene por gran pecador, un perseguidor de la Iglesia de Cristo, un miserable bastardo, indigno del lugar que ocupa (1 Tim 1, 13).
Más, me diréis, ¿de qué manera podremos distinguir si un cristiano es humilde? -Nada más fácil, según ahora vais a ver. Ante todo, os digo que una persona verdaderamente humilde nunca habla de sí misma, ni en bien ni en mal; contentase con humillarse delante de Dios, que la conoce tal cual es. Sus ojos no atienden más que a su conducta propia, y gime siempre por reconocerse muy culpable; por otro lado, no deja de trabajar por hacer secada vez más digna de Dios. Nunca la veréis emitir su juicio sobre la conducta de los demás, nunca deja de formar buena opinión de todo el mundo. ¿Hay alguien a quien sepa despreciar? A nadie más que a sí misma. Siempre echa a buena parte lo que hacen sus hermanos, pues está muy persuadida de que sólo ella es capaz de obrar el mal. De aquí viene que, si habla de su prójimo, es para elogiarlo; si no puede decir de los demás cosa buena, se calla; cuando la desprecian, piensa que en ello hacen los demás lo que deben, pues, después de haber ella despreciado a su Dios, bien merece ser despreciada de los hombres; si le tributan elogios, se ruboriza y huye, lamentándose de ver que en el día del juicio final va a causar una gran decepción a los que la creían persona de bien, cuando en realidad está llena de pecados. Siente tanto horror de las alabanzas, cuanto los orgullosos aborrecen la humillación. Prefiere siempre para amigos a los que le dan a conocer sus defectos. Si se le ofrece la ocasión de favorecer a alguien, escogerá siempre como objeto de sus atenciones a quién le calumnió le causo algún perjuicio.
Los orgullosos buscan siempre la compañía de quienes los adulan y tienen en algo
Los orgullosos buscan siempre la compañía de quienes los adulan y tienen en algo; ella, por el contrario, se apartará de la lisonja para ir en busca de los que parecen tenerla en opinión desfavorable. Sus delicias consisten en hallarse sólo con su Dios, mostrarle sus miserias, y suplicarle que se apiade de ella. Ya esté sola, ya en compañía de otros, ningún cambio observaréis en sus oraciones, ni en su manera de obrar. Encaminando todas sus acciones solamente a agradar a Dios, nunca se preocupa de lo que podrán decir de ella los demás. Trabaja para agradar a Dios, mientras que al mundo lo coloca debajo de sus plantas.
Así piensan y obran los que poseen el preciado tesoro, de la humildad… Jesucristo parece no hacer distinción entre el sacramento del Bautismo, el de la Penitencia y la humildad. Nos dice que, sin el Bautismo, jamás entraremos en el reino de los cielos; sin el de la Penitencia, después de hacer pecado, no cabe esperar el perdón, y enseguida nos dice también que sin la humildad no entraremos en el cielo (Mt 18, 3.). Aunque estemos llenos de pecados, si somos humildes, tenemos la seguridad de alcanzar perdón; más sin la humildad, aunque llevemos realizadas cuántas buenas obras nos sean posibles, no alcanzaremos la salvación. Ved un ejemplo que os mostrara esto perfectamente.
Pues bien, ¿tenía razón al deciros que la humildad es la más hermosa, la más preciosa de todas las virtudes, que todo lo puede delante de Dios, que Dios no sabe denegar nada a sus instancias? Poseyéndola, tenemos también todas las demás; pero, si nos falta, nada valen todas las demás. Terminemos, pues, diciendo que conoceremos si un cristiano es bueno por el desprecio que haga de sí mismo y de sus obras, y por la buena opinión que en todo momento le merezcan los hechos o los dichos del prójimo. Si así nos portamos, tengamos por seguro que nuestro corazón gozara de felicidad en esta vida, y después alcanzaremos la gloria del cielo…
San Juan Bautista María Vianney (Cura de Ars.)
formacioncatolica.org
El pecado venial deliberado nos impide crecer en la vida interior.
El pecado venial deliberado nos impide crecer en la vida interior.
Los buenos católicos procuran vivir siempre en gracia de Dios y evitar el pecado mortal, pero sin embargo son muchos menos los que luchan con determinación para evitar el pecado venial, especialmente el deliberado. Estas faltas, no tan grandes en apariencia, dificultan un verdadero crecimiento en santidad.
El pecado venial, lo mismo que el pecado mortal, es una afición desordenada a la criatura, si bien por él aún no nos separamos completamente de Dios, pero nuestro ser en Jesucristo pierde fuerza y vigencia.
Hay almas a quienes horroriza el pecado mortal, pero que a menudo estiman el venial como insignificante y menospreciable. Al no valorarlo debidamente, no le tienen el horror que se merece. Y, sin embargo, de la postura que se adopte respecto al pecado venial depende precisamente el desarrollo, el progreso o el retroceso de toda nuestra vida interior y cristiana. Mientras consideremos al pecado venial como cosa de poca monta, mientras permanezcamos indiferentes frente a él, es inconcebible una verdadera participación en la vida divina (a la que todo cristiano está llamado) es imposible una vida de caridad perfecta: «El que desprecia lo poco, poco a poco se precipitará» (Ecli 19, 1), «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho» (Lc 16,10).
Hay un pecado venial deliberado (distinto al pecado venial «semideliberado»- irreflexión momentánea, olvido y celo excesivo, atolondramiento…- y «de sorpresa» – una excitación nerviosa, situación comprometida, un apuro, sorpresa…-).
Rehusamos así una inspiración, una invitación a la gracia, y de haber correspondido nos hubiera dado Dios otras aún mayores y un aumento de caridad y de felicidad eterna.[1*]
El pecado venial deliberado es una transgresión consciente de un mandato divino cometido con pleno consentimiento de la voluntad en la materia: por ejemplo, una pequeña mentira, una falta de caridad o de la obediencia… No es un apartamiento completo de Dios, pues seguimos en el camino recto pero a la voluntad de nuestro Dios contraponemos la nuestra (rencores, murmuraciones…). Estimamos un placer cualquiera, una satisfacción o una cosa terrena por encima de la voluntad o mandato de Dios. Rehusamos así una inspiración, una invitación a la gracia, y de haber correspondido nos hubiera dado Dios otras aún mayores y un aumento de caridad y de felicidad eterna.
Por estas infidelidades pequeñas Dios se nos muestra más reservado en sus dones, y por consiguiente, sin ellos, cometemos aún más frecuentes infidelidades: se nos ofusca el juicio, mengua la fe, reviven las tendencias naturales, disminuye el fervor. Iremos perdiendo de vista progresivamente el ideal del «Amor de Dios», sintiendo fatiga y cansancio, hasta que por fin, nos abandonen el coraje y la alegría.
Nuestra miseria se consuma con el pecado venial habitual. Muchas almas aún piadosas se encuentran en una infidelidad e inexactitud casi continuas en pequeñas cosas: son impacientes, poco caritativas en sus pensamientos, juicios y palabras, falsas en su conversación y en sus actitudes, lentas y relajadas en su piedad, no se dominan así mismas y son demasiado frívolas en su lenguaje, tratan con ligereza la buena fama del prójimo.
Cada una de estas imperfecciones son como un peso plomo que las arrastra hacia abajo
Conocen sus miserias e infidelidades y los acusan quizás en la confesión, más no se arrepienten de ellos con seriedad ni emplean los medios conque podrían prevenirlos. No reflexionan que cada una de estas imperfecciones son como un peso plomo que las arrastra hacia abajo, no se dan cuenta de que van comenzando a pensar de manera puramente humana, y a obrar únicamente por motivos naturales, ni de que resisten habitualmente a las inspiraciones de la gracia y abusan de ella. El alma pierde así el esplendor de su belleza, y Dios va retirándose cada vez más de ella.[2*]
Y tiene que ser así, porque el pecado venial hace que nos comportemos continuamente con Dios de un modo mezquino e incluso bajo. Elegimos lo que Él desprecia y aborrece, nos exponemos a sabiendas al peligro de vernos separados completamente de Él. Esta actitud nos priva de las ayudas de la gracia, nos va abismando en un estado de debilidad, de indiferencia y de tibieza, al mismo tiempo que aumenta nuestra satisfacción, orgullo y ceguera. La ruina de las almas radica en el pecado venial frecuente, habitual.
Medios para combatirlos.
Los buenos católicos procuran vivir siempre en gracia de Dios y evitar el pecado mortal, pero sin embargo son muchos menos los que luchan con determinación para evitar el pecado venial, especialmente el deliberado. Estas faltas, no tan grandes en apariencia, dificultan un verdadero crecimiento en santidad.
El pecado venial, lo mismo que el pecado mortal, es una afición desordenada a la criatura, si bien por él aún no nos separamos completamente de Dios, pero nuestro ser en Jesucristo pierde fuerza y vigencia.
Hay almas a quienes horroriza el pecado mortal, pero que a menudo estiman el venial como insignificante y menospreciable. Al no valorarlo debidamente, no le tienen el horror que se merece. Y, sin embargo, de la postura que se adopte respecto al pecado venial depende precisamente el desarrollo, el progreso o el retroceso de toda nuestra vida interior y cristiana. Mientras consideremos al pecado venial como cosa de poca monta, mientras permanezcamos indiferentes frente a él, es inconcebible una verdadera participación en la vida divina (a la que todo cristiano está llamado) es imposible una vida de caridad perfecta: «El que desprecia lo poco, poco a poco se precipitará» (Ecli 19, 1), «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho» (Lc 16,10).

Hay un pecado venial deliberado (distinto al pecado venial «semideliberado»- irreflexión momentánea, olvido y celo excesivo, atolondramiento…- y «de sorpresa» – una excitación nerviosa, situación comprometida, un apuro, sorpresa…-).
Rehusamos así una inspiración, una invitación a la gracia, y de haber correspondido nos hubiera dado Dios otras aún mayores y un aumento de caridad y de felicidad eterna.[1*]
El pecado venial deliberado es una transgresión consciente de un mandato divino cometido con pleno consentimiento de la voluntad en la materia: por ejemplo, una pequeña mentira, una falta de caridad o de la obediencia… No es un apartamiento completo de Dios, pues seguimos en el camino recto pero a la voluntad de nuestro Dios contraponemos la nuestra (rencores, murmuraciones…). Estimamos un placer cualquiera, una satisfacción o una cosa terrena por encima de la voluntad o mandato de Dios. Rehusamos así una inspiración, una invitación a la gracia, y de haber correspondido nos hubiera dado Dios otras aún mayores y un aumento de caridad y de felicidad eterna.
Por estas infidelidades pequeñas Dios se nos muestra más reservado en sus dones, y por consiguiente, sin ellos, cometemos aún más frecuentes infidelidades: se nos ofusca el juicio, mengua la fe, reviven las tendencias naturales, disminuye el fervor. Iremos perdiendo de vista progresivamente el ideal del «Amor de Dios», sintiendo fatiga y cansancio, hasta que por fin, nos abandonen el coraje y la alegría.
Nuestra miseria se consuma con el pecado venial habitual. Muchas almas aún piadosas se encuentran en una infidelidad e inexactitud casi continuas en pequeñas cosas: son impacientes, poco caritativas en sus pensamientos, juicios y palabras, falsas en su conversación y en sus actitudes, lentas y relajadas en su piedad, no se dominan así mismas y son demasiado frívolas en su lenguaje, tratan con ligereza la buena fama del prójimo.
Cada una de estas imperfecciones son como un peso plomo que las arrastra hacia abajo
Conocen sus miserias e infidelidades y los acusan quizás en la confesión, más no se arrepienten de ellos con seriedad ni emplean los medios conque podrían prevenirlos. No reflexionan que cada una de estas imperfecciones son como un peso plomo que las arrastra hacia abajo, no se dan cuenta de que van comenzando a pensar de manera puramente humana, y a obrar únicamente por motivos naturales, ni de que resisten habitualmente a las inspiraciones de la gracia y abusan de ella. El alma pierde así el esplendor de su belleza, y Dios va retirándose cada vez más de ella.[2*]
Y tiene que ser así, porque el pecado venial hace que nos comportemos continuamente con Dios de un modo mezquino e incluso bajo. Elegimos lo que Él desprecia y aborrece, nos exponemos a sabiendas al peligro de vernos separados completamente de Él. Esta actitud nos priva de las ayudas de la gracia, nos va abismando en un estado de debilidad, de indiferencia y de tibieza, al mismo tiempo que aumenta nuestra satisfacción, orgullo y ceguera. La ruina de las almas radica en el pecado venial frecuente, habitual.
Medios para combatirlos.
a) Oración: No basta el deseo y el esfuerzo humano. Es preciso que nos ilumine la gracia divina. Por nosotros no vendrá «Dios es que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Phil 1, 13). Luego hay que pedirlo. Para entender la gravedad del pecado venial deliberado ha de ser Dios quien nos ilumine verdaderamente (pedirlo en la oración, llevar una vida de oración, santa…). Será también la gracia divina quien nos de el valor, vigor y fortaleza para combatirlo.
b) Tener los principios bien claros: «que las cosas pequeñas son tan necesarias de vencer como las grandes. Esto implica valorar perfectamente la gravedad del pecado venial, especialmente del deliberado». No considerarlo insignificante, sino que es una lacra, una ofensa a Dios, algo que Él aborrece con todo el poder de su santidad, un obstáculo para nuestro avance espiritual. Convencerse que después del pecado mortal, el venial es nuestra mayor desgracia: obstaculiza la gracia, la repele y arrincona de modo que no puede desarrollarse donde crece la planta venenosa del pecado venial habitual.[3*]
c) Uso frecuente y provechoso del sacramento de la penitencia: este sacramento no solo perdona los pecados cometidos sino que fortalece y prepara el alma para el porvenir, gracias al arrepentimiento, a la absolución del sacerdote y a la penitencia que éste impone. Hemos de tener especial atención a excitar el dolor por haber cometido pecado venial.
Sabemos por el Concilio de Trento que existen muchas formas de perdón para el pecado venial (golpes de pecho, agua bendita, atención perfecta de una homilia, etc…) pero se recomienda también la confesión de los mismos en el sacramento de la penitencia por ser muy provechoso (podemos acusarnos al mismo tiempo de los pecado cometidos en nuestra vida pasada)
d) Vigilancia continua: «Velad y orar para no caer en tentación» (Mt 26, 41)
e) Ejercicio reflexivo de las virtudes cristianas: especialmente de la Fe, de las virtudes cardinales de la templanza (autodominio) y de la fortaleza para los sacrificios que se nos exigen.
Pero lo más importante es el amor de Dios y al prójimo. Creciendo este amor se vigoriza el deseo de no cometer el pecado venial. Se trata, pues, de un combate constante contra nuestro amor propio, ese gran enemigo que nos hace guerra continua, y nos impide adquirir y poseer el «AMOR DIVINO».
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